Gloria y pecados del Team USA
Irregular partido del Team USA, que llegó a mandar por 20 pero no cerró hasta el final el partido ante una combativa Argentina, que lavó su imagen tras la paliza encajada ante España el pasado viernes.


Todo lo que rodea a Estados Unidos está rodeado de cierta histeria y por eso quizá cueste asumir que esto sólo era un partido de preparación, un amistoso más camino de unas batallas que ya asoman a la vuelta de la esquina, en Londres. Estados Unidos volvía a Barcelona, veinte años después del gran sueño y con la versión más parecida que ha tenido de aquel Dream Team. Si ese equipo único fue legado de la edad dorada de la NBA, este se nutre de una nueva era de estrellas estruendosas. Veinte años, generaciones y épocas distintas, y un baloncesto internacional muy distinto y cuya competitividad ha crecido exponencialmente. Ese es el reto de este nuevo Estados Unidos que comparte con aquel la obligación del oro.
En su desembarco en Barcelona, a menos de diez kilómetros de aquel pabellón de Badalona que aún deslumbra con los rescoldos del paso de los Magic, Bird, Jordan y compañía, Estados Unidos ganó a Argentina y enseñó sus dos caras, la que le hace arrebatador e invencible y la que le vuelve mundano y mortal, un riesgo cuando se acercan unos Juegos donde dejará de competir con el recuerdo de 1992 y empezará a hacerlo con los aspirantes a entrar en la historia a su costa. Tal vez Rusia, Brasil o Argentina, desde luego España.
Al final es un partido de preparación y ni las rotaciones ni muchas decisiones individuales y tácticas son las que serían en el mismo partido y en circunstancias de competición (este duelo se repetirá en Londres: 6 de agosto, 23:15). Pero si el partido enseñó algo es que para ganar al gigante estadounidense hay que exprimir esas dos caras, obligar a que Jeckyll sea Hyde durante muchos minutos. Argentina lo consiguió y de paso lavó su imagen tras el zarandeo al que le sometió España 48 horas antes: seguramente no está tan mal y seguramente aún sea un martirio encontrarse en los cruces, a todo o nada, con Prigioni, Ginóbili, Scola, Nocioni y Delfino. Oro en Atenas, bronce en Pekín y de profesión supervivientes. Y excelentes jugadores de baloncesto.
Virtudes y lagunas
Estados Unidos salió como un tiro: 19-3 en cuatro minutos con Bryant y Durant martilleando desde la línea de tres. Lo máquina no bajó el pistón hasta el 39-19 del minuto 13: partido roto, en teoría partido muerto y Argentina camino del matadero hasta que Scola y Delfino se inventaron una resurrección (16-24 en el segundo cuarto, 47-40 al descanso). En la segunda parte la misma película: 69-49 en el minuto 27 y 78-74 a menos de tres minutos del final, esta vez con Ginóbili como gran protagonista de la resistencia argentina, un remiendo contra la lógica. 23 puntos de Manudona o 14 con 7 rebotes de Scola: los dos desaparecidos ante España. Y es difícil saber cuánto hay de mérito de los de Scariolo o de demérito de los de Krzyzewski o simplemente de las cosas del deporte, que guarda días buenos y días malos para todos. En sus mejores minutos Estados Unidos, con su estilo, arrasó como España el viernes. Pero no tuvo ni la misma continuidad ni la misma concentración ni desde luego la iluminación ante el aro rival de España, que firmó minutos de un nivel difícil de repetir, excepcional.
Para equilibrar el partido Argentina explotó la bajada de tensión de Estados Unidos pero también algunas de las armas que parecen obvias para robar el fuego a las estrellas NBA: defensas en zona, paciencia en ataque para evitar pérdidas que regalan puntos. Y talento, ingrediente infaltable y que se le cae de los bolsillos a tipos como Delfino y, por supuesto, Ginóbili. Con eso y una guerra constante de contactos, Argentina incomodó primero y casi desquició por momentos a un rival que se sintió frágil y salvó el triunfo con dos triples finales de Durant y Paul.
Noticias relacionadas
De Estados Unidos podemos decir lo que ya sabíamos: es arrebatador cuando comparte el balón y encuentra buenos tiros, cuando hace que la circulación pase por la zona y, por supuesto, cuando puede correr. Y es un infierno, una jungla salvaje, cuando defiende con concentración, presión asfixiante sobre las líneas de pase exteriores y Chandler como boya alrededor del aro. Así jugó sus mejores minutos con acciones deliciosas de LeBron, Kobe y Durant, un anotador de una finura casi extraterrestre.
Pero para no sufrir en la ruta hacia el oro, para no ser ceniza en las comparación con el Dream Team, Estados Unidos tiene que controlar sus vicios. Y no es cuestión sólo de los pasos de salida, los contactos con los brazos y todas las diferencias de reglamento que les atacan los nervios. Es la necesidad de evitar ataques en los que el balón sólo circula por el exterior y todo se fía al acierto desde la línea de tres. Es no tener desconexiones en defensa, en las ayudas o el balance tras fallo. Es cerrar el rebote o las penetraciones cuando no está Chandler y se juega con quintetos imposibles en los que hay tres teóricos aleros y ningún interior puro. Kevin Love jugó poco, Anthony Davis (como Harden) nada y Estados Unidos se convirtió en un equipo de dos caras, capaz de despegar y estrellarse en cuestión de minutos y por duplicado y con la simple ayuda de una zona en defensa y buena circulación en ataque por parte del rival. El Sant Jordi dio motivos para temblar y soñar a los rivales de Estados Unidos, el siguiente España el próximo martes. Por detrás la final de Pekín y por delante la promesa de Londres. Una colisión que dejará enseñanzas y lecturas a días de que los Juegos se pongan en marcha. A un tiempo un amistoso y un clásico moderno, una base de pruebas y una cuestión de orgullo. Imposible no contar las horas, imperdonable perdérselo.