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El relámpago Bolt

Pekín 2008 | Atletismo

El relámpago Bolt

El relámpago Bolt

El jamaicano ganó los 200 metros con récord del mundo: 19.30

El cinco de agosto de 1936, en el Estadio Olímpico de Berlín, Jesse Owens dobló en 200 lisos el oro que ya había firmado en 100. En condiciones desastrosas, con viento en contra, barro removido en la pista de tierra roja y ni 20 grados de temperatura, Owens, El Antílope de Ébano, el nieto de esclavos de Alabama, el mejor atleta de todos los tiempos, impuso un récord mundial colosal en ese 200: 20.7, a los ojos de Adolf Hitler y 120.000 asombrados espectadores. Pero en el oro de 100, Owens, 1.78 de altura, no había batido el récord del hectómetro: lo había igualado, con 10.3.

Y el 20 de agosto de 2008, en el National Stadium de Pekín, el Nido de Pájaro, Usain Bolt, un gigante escultural de 1.95, de Trelawny, Jamaica, se convirtió en el heredero directo de Owens. Ante 91.000 espectadores en el recinto olímpico, y miles de millones en los receptores de televisión, Bolt dobló en la final de 200 su fantástico triunfo en 100. Y también, como en 100, con un extraordinario récord del mundo. La plusmarca, 19.30, viola aquellos alucinantes 19.32 de Michael Johnson en 1996, en Atlanta. Y Bolt, como Owens en Berlín, también tuvo el viento en contra: 0,9 metros por segundo.

Lo nunca visto.

Lo de Owens fue lo nunca visto: "Jesse vuela como el dirigible Hindenburg", fue la frase con que Max Schmeling describió a Owens ante su amigo Joe Louis. "En esas miserables condiciones, Owens brilló como el rayo oscuro de un relámpago", escribió Grantland Rice, uno de aquellos grandes escritores que EE UU envió a los Juegos de la Alemania nazi. Lo de Bolt es también lo nunca visto. La historia que Owens hizo en Berlín se continúa con Bolt en Pekín. Y también a los ojos de un planeta atónito, deslumbrado.

En el 100, donde el mismo Asafa Powell necesita 43-44 zancadas, a Bolt le bastan 41. En 200, Usain, de la misma parroquia (parish) de Jamaica que Ben Johnson y Merlene Ottey, es justo lo que Grantland Rice escribió de Owens: el rayo oscuro de un relámpago. En semifinales, Bolt había jugado al gato y al ratón con los estadounidenses Spearmon y Crawford, que había osado retarle. En la final, les atomizó.

Bolt despegó de los tacos en 182 centésimas, quinta mejor reacción. Antes de la curva había engullido a su referencia, Dzingai, de Zimbabue. En la recta explotaron esas zancadas masivas que fascinan a Michael Johnson y que barrieron a su joya de récord: "Devora la pista", dijo Michael en la BBC. Bolt acabó estirándose, esta vez sí, en 19.30, y, en descarga de adrenalina, gritó a la primera cámara que encontró: "I am number one". El número uno. Sólo Owens, Valeri Borzov (1972) y Carl Lewis (1984) unieron el doble título de la velocidad olímpica, pero ninguno rompió los dos récords.

El impacto de Bolt en la carrera fue devastador. Martina y Spearmon, fascinados por esa sombra gigante, pisaron las calles interiores y fueron descalificados. La plata quedó para Crawford (19.96), en la mayor separación de la historia en una final de 200. Las zancadas de Bolt, interminables, masivas, parecen no haberse detenido: van rumbo al relevo 4x100, donde el mundo esta destinado a asombrarse otra vez. Aquellos días de Berlín se repiten en Pekín: 72 años después.