Bandera blanca
Vinokourov dio un golpe casi definitivo a la Vuelta. Demostró que llevar el maillot de líder no es excusa para no atacar a los rivales. La Pandera abrió hueco entre el kazajo y Valverde, está a 53 segundos en la general, y el murciano reconoció la superioridad de su rival al llegar a meta.

Mal asunto confundir los deseos con la realidad. Me declaro culpable. En el análisis de lo ocurrido camino de Granada, cuando Valverde perdió el liderato, olvidé valorar, más allá de los tiempos perdidos y ganados, las consecuencias psicológicas de lo que acababa de suceder. Craso error. Terrible equivocación. Me obsesioné con las piernas y pasé por alto la cabeza, igual que Capello. Subestimé la psique. Los cables. El tarro. Esa coliflor donde se concentra todo. Sí, desprecié los efectos de la euforia y la decepción. La confianza y la duda. Esos fantasmas que mueven las piernas o las paralizan. Pensé, ingenuo, que Valverde estaba por encima de todo eso. Pero no tenía pruebas. Tampoco él. En su trayectoria deportiva jamás se había encontrado en una situación así. O ganaba o se estrella contra el asfalto, o contra la mala suerte, que son lo mismo. Oro o escayola. Nunca había llegado sano y en forma, en plena madurez, a un desfiladero lleno de comanches. Jamás se había encontrado con un ciclista que, con parecidísimas cualidades (mejor en la crono, peor en la montaña) tuviera, sin embargo, más de lo que él más tiene: instinto ganador.
Por todo eso, el Valverde que se jugó ayer la Vuelta ya no era Bala Verde, sino un ciclista acosado por la incertidumbre, inseguro, con el abatimiento que provocan los errores propios. Tal vez, por primera vez en su vida, había pasado de verse ganador a sentirse derrotado.
Esas fuerzas perdidas las ganó Vinokourov, naturalmente. Para un competidor como él, que no necesita de grandes estímulos, la conquista del liderato alimentaba nuevas proezas. A los 33 años ya no se presentan muchas oportunidades parecidas. Esa es la razón por la que atacó en La Pandera, aprovechando que Valverde se había quedado extrañamente encerrado. Su hachazo fue seco, durísimo, y estoy por asegurar que casi le deja sin aliento con el que llegar a la meta. Antes de encontrar la colaboración del fiel Kashechkin, en las últimas rampas, se le vio la cara de los que están a punto de desparramarse. Aunque no descarto que fuera un espejismo. Otro.
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Valverde cedió inmediatamente, como si el extenuante trabajo de sus compañeros hubiera terminado con sus fuerzas, como si estuviera abrumado por la confianza de los demás, cuando él era un mar de dudas. Entregó medio minuto en un abrir y cerrar de ojos (llorosos), pero como es un purasangre se recuperó después y, herido de muerte, mantuvo la diferencia hasta el final. Marchante fue tercero y Sastre perdió el podio en beneficio de Kashechkin, que fue premiado con la etapa. Los coroneles kazajos son generosos.
Todavía queda una remota posibilidad de asalto (hoy, mañana), pero ya no me juego cenas, ahora sólo pido créditos para pagarlas. Valverde debería aprender de su primer contacto con el mundo de los humanos. Su carrera como ciclista está por definirse. Hay que aclarar de qué tipo de campeón estamos hablando. Ahora mismo se encuentra en el cruce de dos caminos, con un indicador cada uno. En uno pone Jalabert y en el otro Hinault. Hermosos destinos, pero muy distintos.