Golpe de kazajo
Fabulosa etapa y magnífico movimiento táctico del Astaná, que dejó solo a Valverde. El líder no pudo atrapar a Vinokourov, que lanzó un último ataque cuando iba a ser alcanzado por su rival. El kazajo regaló la etapa a Danielson a cambio de colaboración. Hoy más: subida a La Pandera.

Estamos ante la primera Vuelta que podría decidirse en el sprint de la última etapa, en Madrid, junto a La Cibeles. Tal y como se presentan las cosas, esos segundos de bonificación parecen fundamentales. Y accesibles, porque recuerdo que hablamos de dos ciclistas, Vinokourov y Valverde, que son capaces de competir con los mejores velocistas del mundo. El kazajo, de hecho, ganó en los Campos Elíseos en el Tour 2005. No me negarán que la ensoñación, siendo cruel, resulta deliciosa, una volata de oro.
Valverde perdió ayer el liderato de la carrera, pero entiendo que fue más por un accidente que por un desfallecimiento. Y eso anima. Lo explico. Si de alguna forma Vinokourov le podía poner en aprietos era con un movimiento táctico, con un plan que trasladara su pelea personal, cara a cara, a un escenario en el que influyeran otros ciclistas y, sobre todo, otras reflexiones. Es decir, un plano en el que fuera más importante la decisión que la fuerza. Así lo hizo. Con un impecable planteamiento de carrera, Astaná metió a Paulinho en la fuga de la jornada. Luego, en la subida a Monachil envió a Kashechkin por delante. Por último, Vinokourov lanzó un demarraje soberbio para ir repostando en sus compañeros. Valverde se quedó solo, porque Sastre, por estrategia o falta de fuerzas, no era compañía, sino espectador. Nada se le puede reprochar. El primer mandamiento de cualquier aspirante debería ser que todo lo que perjudica al líder te beneficia a ti. Es una lástima que los rivales de Armstrong no lo entendieran así.
Pero centrémonos. Cuando Vinokourov y sus hombres le aventajaban en 20 segundos, Valverde comprendió el peligro. No le habían tirado un petardo, sino un misil. Entonces reaccionó como el gran ciclista que es. Aferrado a la parte baja del manillar, de pie sobre los pedales, comenzó una cronoescalada furiosa, agitando la bicicleta de lado a lado. Mucho corredor, pensamos. Mucho desgaste, temimos. Sastre se perdió en el horizonte.
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Vinokourov cruzó por la cima arrastrando a sus colaboradores, todos con la lengua fuera. Valverde pasó por allí diez segundos después. Estaba a un último arreón de liquidar la amenaza. El descenso del líder no sólo fue suicida, sino que estuvo cerca de ser genocida, porque puso en grave riesgo la vida de los motoristas. Le vimos despeñarse media docena de veces, pero fue una pesadilla. Sus problemas estaban por llegar. Cuando por fin alcanzó al comando, se largó Vinokourov. Y sucedió lo terrible. En lugar de seguir tras él, Valverde dudó. Miró alrededor y esperó colaboración. Kashechkin sonrió y Marchante se lavó las manos: mataros vosotros, yo pasaba por aquí. La batalla dejó de ser física para convertirse en psicológica. El líder se puso nervioso y su enemigo creyó en el milagro. Así se explica el 1:39. Camino de meta, Vino se apoyó en Danielson, al que regaló la etapa. Valverde sólo encontró disimulo. Lógico, pero no se hubieran atrevido con Armstrong. Por cierto, ni un Baleares por allí. Flojo equipo, se vio en el Tour.
Hoy ganará Valverde en La Pandera y la Vuelta quedará segundo arriba segundo abajo. El sábado una contrarreloj de 27 km y además, dos sprints, el último en Madrid, plaza de La Cibeles. Lo digo ahora que se cotiza más: yo me apuesto cenas por Valverde.