Alta tensión
El portugués Paulinho, plata en los Juegos de Atenas, fue el más fuerte y el más listo de los fugados. Logró la tercera victoria del Astaná. Karpets llegó a ser líder virtual de la carrera, lo que hizo que su equipo no se preocupara por defender el liderato de Valverde. Hoy, jornada con miga.
Esto se pone bonito, y caliente, que en ocasiones viene a ser lo mismo. El portugués Paulinho ganó la etapa y no se le ocurrió otra cosa que dedicar la victoria a Manolo Saiz, lo que viene a ser como poner velas en favor de Islero o el capitán del Titanic. Ignoro cómo habrá caído la dedicatoria en el sector kazajo del equipo y en el nuevo patrocinador, que se quedaron sin Tour por las travesuras del extinto Saiz. El nombre de Paulinho, por cierto, apareció en un primer momento vinculado a la Operación Puerto, aunque luego resultó exculpado, al igual que Contador. El error fue imperdonable, desde luego, pero no niega el sórdido entramado de dopaje descubierto por la Guardia Civil.
Pero hay más. Mientras Paulinho planeaba su triunfo infiltrado en una escapada de quince ciclistas, por detrás se desataba una guerra que promete. Como Karpets viajaba entre los rebeldes, los Baleares se desentendieron (lógicamente) de la fuga. Si Valverde perdía el liderato sería en beneficio de su compañero, que llegó a ser oro virtual en el kilómetro 77, cuando el grupo acumulaba una ventaja de 7:30.
La situación comenzaba a ser delicada para el CSC de Carlos Sastre, que no tuvo más remedio que ponerse a la caza. Como es bien sabido que el esfuerzo inesperado irrita sobremanera, se enfurecieron ligeramente. Sastre desenterró el hacha al llegar a meta: "Unzué quiere ganar las carreras sin trabajar".
Sin duda, recordaba la etapa de Morzine, cuando Unzué reclamó ayuda y CSC se la negó, argumentando que su equipo también estaba cansado, que aún quedaban muchos kilómetros y, básicamente, que te den. El resultado lo conocen: Landis fue el primero en París. El palmarés es otra cosa.
El enfrentamiento, que no resultó muy gracioso en el Tour (más bien, memo), avivará la Vuelta y nos hace soñar con tórridos episodios. La rivalidad es al deporte lo que el ketchup a las hamburguesas: sabor y color.
Como en el grupo cabecero había una profusa concentración de ciclistas ilustres, según se acercaba la meta los ataques se sucedieron. Además de Karpets, en ese vagón viajaban Mayo, Rebellin, Millar o Ventoso. Todos dispararon a todos, aunque Mayo fue de los que gastaron más munición. El esfuerzo, lejos de su terreno, le dignifica. Con él pasa como con las novias que nos patearon: ojalá vuelva.
Zarpazo.
Sin embargo, fue Paulinho quien lanzó el ataque definitivo. Le benefició su sentido de la oportunidad, su evidente calidad (plata en los Juegos de Atenas) y haberse librado de todos los marcajes. Es probable que también le beneficiara ser portugués, país neutral.
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La victoria de Paulinho (hijo de Jacinto, ex ciclista) es la novena de un portugués en la Vuelta y sucede a la que logró en 1976 Agostinho, el mejor ciclista luso de siempre (cinco etapas del Tour y podio). Sin embargo, la historia del mito con la Vuelta fue más truculenta. En 1974 los cronometradores le birlaron el triunfo final, al traspapelar algunos segundos en favor de Fuente en la crono de San Sebastián, que cerraba la carrera. Nuestro compañero Chema Bermejo fue testigo, reloj en mano.
Paulinho, que el año que viene correrá en el Discovery, logró la tercera victoria del Astaná. Sus compañeros, presentes y futuros, podrían mover la carrera hoy. También se espera a Pereiro, Óscar.