Ciclismo | Tour de Francia

Somos los jefes del Tour

Pereiro es de nuevo líder. Sastre ya es segundo. Memorable etapa alpina que ganó Rasmussen

<b>FABULOSO. </b>Pereiro se adelanta a Evans (por detrás) y Kloden (fuera de imagen) en la llegada para ganar la bonificación.
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Pereiro, Pereiriño, Pereirada. Vamos chaval, vamos gigante, mata, muere, dosifica, ataca. Todo a gritos. Venga Sastre, fuerza Carlos, alé, alé. Qué digo: olé, olé. Y palmeas los muebles, o la puerta del coche. Y llamas por teléfono si aciertas con los números: somos líderes, papá. Viva Galicia. Y el jolgorio se extiende y te acuerdas (con afecto) de la santa madre del realizador de la televisión francesa, de los viejos tiempos, de aquellas tardes de verano con Perico despeñado, rebelde y triunfador. Que viva el Tour. Que viva la Guardia Civil y las Operaciones Puerto. El ciclismo ha vuelto a ser como era, dramático, humano, imprevisible, tan proclive a la gloria como a los desfallecimientos, los autos locos, la vuelta al mundo en 80 días y la vuelta al día en 80 mundos.

Somos líderes. Y ahora no es un regalo, sino una formidable conquista. Ya no es suerte. Ni carambola. Porque cuando una picardía sirve para ganar una guerra dejas de ser un pillo para convertirte en Sir Winston Churchill. En estratega, en almirante, en campeón.

Sí, entre los muchísimos méritos de Pereiro está el haber transformado un golpe de fortuna (que ya tuvieron otros) en una maravillosa ocasión para ganar el Tour (que sólo ha aprovechado uno). Exactamente como Walkowiak, justo 50 años después de Walkowiak, aquel campeón que sólo se descubrió al mundo gracias al jugo de limón del maillot amarillo. Nada es casualidad, todo hace círculos, el problema es averiguar el diámetro y la coincidencia.

En sólo cuatro días, Pereiro ha aprendido lo que es la suerte, la realidad y la oportunidad, y ha sido capaz de madurar en cada estación sin perderse por el camino. Por eso, el ciclista que tomó ayer la salida en Bourg d'Oisans ya no era un cazador de etapas ni un premiado por la loter tampoco un tipo con el trabajo cumplido. Era un buen corredor liberado de la responsabilidad del liderato, pero consciente de estar ante el momento de su vida. Muchos se derrumban en ese trance. Pocos se agigantan.

Ya en la subida al Galibier, lo creímos percibir en su rostro: iba bien, tranquilo, con ese punto de travesura que tiene su cara en situación de descansen. Confirmamos el buen augurio en la Cruz de Hierro y se nos desató la emoción cuando le vimos atacar en el descenso en compañía del fiel Zandio. Tomaron algunos metros de ventaja, pero hubo reagrupamiento en el valle. Dio igual. Zandio siguió marcando el ritmo también en la subida siguiente y en la bajada posterior, las coletas al viento, porque los gregarios de ahora son hippis.

La táctica.

Luego lo explicaría Pereiro. La consigna era impedir que los adversarios pudieran alimentarse en las bajadas, cortar los suministros, favorecer su cansancio. Sublime y clásico. Bahamontes se apoderaba de los avituallamientos ajenos y Cyrille Guimard (siete Tours) fue un director famoso por ordenar ataques en los repartos de bolsas. Así fulminó a Jeff Bernard en 1987. Al enemigo ni agua; ni pan, ni barritas energéticas.

Para entonces, Landis ya había dado señales de debilidad, al circular algunos metros alejado de la cabeza. Como Armstrong todavía nos tiene traumatizados pensamos que tramaba algo. Incluso cuando demarró Menchov y tardó en reaccionar creímos que se trataba de un plan sutil para devorarnos después. Pero no. Simplemente estaba muerto. Lo descubrió Carlos Sastre con un ataque imperial.

En ese instante, la situación de carrera era la siguiente: Rasmussen, todo pellejo y corazón, se aproximaba a la victoria, después de una homérica escapada desde las faldas del Galibier que le valía también el liderato de la montaña. Por detrás, Leipheimer pagaba caro un arrebato de valentía. Alrededor, cadáveres de otras batallas.

Entretanto, Sastre subía con el ansia de quien persigue, por fin, un Tour. Su caso es bien diferente al de Pereiro. Siempre ha estado cerca de los favoritos, pero lejos del triunfo total, unas veces por las obligaciones de equipo y, otras, por los turbo-reactores de algunos. Tercero en la Vuelta, octavo en el Tour. Cabe mucha rabia en esa corta distancia. Tanta, como casta habita en ese nido de águilas llamado El Barraco (Ávila). También allí nació el Chava.

Los alemanes.

Mientras Sastre volaba, Pereiro viajaba, junto a Menchov y Evans, entre un regimiento de T-Mobiles que comandaba Kloden. Landis ya perdía hasta el apellido. Las primeras referencias no tardaron en confirmar el sueño: Pereiro era líder y Sastre, segundo clasificado de la general. Los dos, virtuales y virtuosos. Valientes, heroicos.

Había que frotarse los ojos. Dos españoles habían reventado el Tour en una de las etapas más hermosas que se recuerdan. Finalmente, Carlos cruzaba la línea de meta 1:41 de Rasmussen y Óscar, a 1:54, dos segundos por delante de Kloden y Evans. Hasta se permitió el lujo de esprintar por los ocho segundos de bonificación pendientes. "No es tanta sorpresa", repetía Pereiro en meta, sobrado, pillo, simpático. "Hay que seguir luchando", zanjaba Sastre, austero, firme, comprometido.

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A falta de lo que suceda en los próximos días estoy por asegurar que ya es uno de los grandes momentos del deporte español. Por la hazaña, por lo inesperado, por la vida que regala a un deporte herido y del que muchos se habían distanciado. Un deporte que mezcla, como ninguno, el amor por la aventura con el sentido lúdico de la competición y que pone en riesgo, no lo olvidemos, la integridad física de sus protagonistas.

El Tour es eso. La máxima expresión del ciclismo. Precioso en cualquier caso, pero mucho más todavía si los héroes son humanos y los humanos son nuestros. Pereiro y Sastre. Pontevedra y Ávila. Usted o yo. Y un poco de Walkowiak. Pero no se vayan todavía, hoy hay más.

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