Gran Pereiro
Fue segundo en la etapa reina y se propuso que no volvería a desperdiciar una ocasión. Ayer la tuvo y no falló. Pereiro, el ciclista más combativo del Tour, se empeñó en ganar y lo consiguió. Fue un gran día para los españoles. El navarro Zandio fue segundo y los nuestros fueron protagonistas.

No presumiré de conocer a los gallegos, pese a estar rodeado por ellos física y genéticamente, pero estoy por decir que Pereiro ganó ayer para contestar a los que habían (habíamos) criticado su exceso de generosidad en la etapa reina, motivo por el que entendimos que fue batido por George Hincapié. Y no es que sean vengativos los gallegos, no, o no todos, o yo no los conozco a todos, lo que pretendo explicar es que hay ciertos gallegos, a esos sí los he visto, que son capaces de cualquier cosa por evitar una respuesta, capaces hasta de ganar una etapa del Tour, qué mejor forma de responder sin decir nada y qué mejor manera de mandarnos callar a nosotros, los listiños.
Sin embargo, aunque no abrió la boca, el triunfo de Óscar Pereiro dice muchísimas cosas, todas fabulosas. Si algo hace grande al deportista en general y al ciclista en particular es su capacidad para conectar su voluntad con el triunfo. Hablando en plata: ganar cuando te da la gana. Y no es fácil eso, es casi imposible. Significa depender de uno mismo y saberlo, liberarse de los demás, del cansancio, de la suerte, sobre todo de la suerte. Significa ser superior y ejercer.
Pereiro, que había decidido ganar, atacó en la Marie Blanque. Fue capturado. Volvió a atacar. Y lo hubiera hecho las veces que hubieran sido necesarias. Con un derroche de fuerza y con la colaboración de los que se encontraba por el camino, si es que iban en la misma dirección, Pereiro se fue directo a por el grupo cabecero. Pinchó en el descenso del Aubisque, pero lo entendió como un inconveniente menor. Hay días que nos deprimen las picaduras de los mosquitos y otros que nos elevan los cañonazos alrededor. En este caso, bastó una bajada a tumba abierta para cazar a los escapados, sin complejos. Y tiene mérito ese tipo de descenso para quien hace muy poco desapareció en una curva de La Madeleine camino de la profundidad de un valle, bendición de terraplén.
Con el mundo por fin ordenado, Pereiro se dirigió hacia la meta en compañía de Eddy Mazzoleni, Xabier Zandio y Cadel Evans. Y fue este último el que puso esta vez la generosidad, buscando un mejor puesto en la clasificación general. Recuerdo que Cadel Evans, ex campeón del mundo de mountain bike, estuvo muy cerca de ganar el Giro 2002 y hasta llegó vestido de rosa a la etapa decisiva. Decisiva para Savoldelli. Ese día también explotó Aitor González. En fin: sólo pretendo señalar que Evans es un magnífico ciclista con una Vuelta (o así) en sus piernas.
Con esa locomotora se completaron los últimos kilómetros camino de Pau, ciudad de los españoles y con razón, por pasado y por presente. Por detrás de los cuatro fugados circulaba un grupo con Serrano y Flecha, otro gallego y otro pistolero, este con el punto de mira algo desviado.
Batalla.
Todavía más atrás, el pelotón se repartía sus miserias habituales y varios equipos tiraban para que Evans no amenazara los puestos menores de corredores a los que ya sólo les queda eso. No lo dije, y sucedió, que hubo batalla en una etapa que habíamos olvidado que era de gran montaña porque Armstrong lima los puertos. Lo intentó Vinokourov, claro, y en general todo el T-Mobile con ese caos que le es habitual. También se dejó ver Basso, más por vergüenza torera que por asustar al toro.
Pero la emoción estaba varios minutos por delante. Disparados en fila india, refugiados tras un australiano desbocado, tres ciclistas planeaban su ataque: un gallego, un navarro y un italiano. El único que no tenía dudas era Pereiro, que hacía horas que se sentía ganador.
Noticias relacionadas
Atacó muy pronto, pero dio igual. Mazzoleni no resistió su empuje y Zandio (fantástica pinta, por cierto) sólo tuvo tiempo de alcanzar su rueda trasera.
Pereiro no guardó ninguna de las precauciones de los primerizos: ni miró hacia los lados, ni dio un último golpe de riñones, ni mantuvo las manos en el manillar. Lo celebró como un gol, agitando los brazos, besándose el anillo, sin decir palabra, pero mandándonos callar. Listiños.