En el fondo es uno más
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La primera vez que me acerqué a un presidente del Real Madrid me levantó en brazos, me pellizcó el moflete, me preguntó de qué equipo era y, como le debió satisfacer la respuesta, me regaló un puñado de insignias que había sacado antes del bolsillo de su chaqueta. Aclaro que yo tenía siete años y puedo presumir de que el presidente en cuestión era Santiago Bernabéu, quien, acompañando al equipo B, había hecho escala en el restaurante de mis tíos, camino de Vigo o La Coruña, no lo recuerdo bien. Lo cierto es que, para mi desgracia, sólo recuerdo eso y que a Macanás le regalaron un queso de tetilla.
Así que cuando me acerqué a Florentino por primera vez ya tenía una cierta experiencia en el trato a presidentes. Aunque el contacto físico se limitó a un apretón de manos, por lo que advertí entonces y he seguido observando, Florentino tiene un revestimiento de diplomacia bajo el que se esconde un sufriente aficionado. Ese descubrimiento convirtió al personaje en más cercano, aunque le restó superpoderes al frío empresario. Cuando vean a Florentino en el palco del Camp Nou estén seguros que tras la plácida sonrisa hay angustia y podría apostar que si no saca las manos del abrigo es porque, muerto por los nervios, no deja de jugar con un puñado de insignias.