Tour 2004 | 14ª Etapa

Aitor salva la honra

El ganador de la Vuelta 2002 logra la primera victoria española.

<b>BESO AL ANILLO. </b>Aitor González llegó a la meta de Nimes sobrado y tuvo tiempo de besar el anillo que le regaló su novia y que cuelga de su cadena.
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Aitor González es un buen ciclista que podría ser mucho mejor. Es el típico ejemplo de deportista al que se le va cayendo el talento de los bolsillos. Sin embargo, como otros de su especie, carece de la ambición necesaria para aprovechar la calderilla que derrocha. Digamos que participa de esa filosofía ronaldiana de la vida que sacrifica mayor gloria a cambio de mayor felicidad, como dando por sentado que son términos contrapuestos, y quizá lo sean, es posible que los equivocados seamos nosotros, casi seguro.

Aitor, que ganó la Vuelta a España de 2002 y estuvo cerca de vencer el Giro de ese mismo año, se estancó desde entonces. Dejó el Kelme y fue fichado por un gran equipo, el Fassa Bortolo, que lo contrató como jefe de filas para carreras de tres semanas. Pero defraudó por completo, por eso las recientes críticas del manager de la formación italiana. Tal vez cuando tienes más de lo que soñaste se haga difícil encontrar motivaciones nuevas. Triunfo, dinero, una novia guapísima y facilidad para ganar, dile a un tipo que tiene todo eso que sufra para que nosotros disfrutemos.

Aitor, que en Plateau de Beille perdió 33:49 y arruinó un Tour que tenía a tiro de podio, ganó en Nimes con la soltura que acostumbra, no era un gran mérito apostar por él en cuanto cuajó la escapada. En el Giro de Italia ya respondió a las críticas con un triunfo en la contrarreloj de Bolzano. Es como cuando los adolescentes sacan sobresalientes para asegurarse la paga, o las salidas nocturnas.

Con un demarraje más preciso que potente, se impuso a sus nueve compañeros de escapada, entre los que estaban Botero, Igor González de Galdeano y los euskalteles Íñigo Landaluze y Egoi Martínez, dos estupendos ciclistas que se quedaron con la miel en los labios en etapas precedentes por la torpeza propia y la de su director de equipo. Recuerdo que uno fue atrapado a diez metros de meta y el otro colaboró en la victoria de un francés para evitar la de Flecha. Ayer, pese a ser mayoría en la fuga, llegaron los últimos.

Tácticamente, el equipo vasco está siendo un completo desastre, por no hablar de su incapacidad para reactivar a Mayo. Es difícil hacerlo peor y que se te note tanto. Prueba: el coche de Gorospe llegó a Nimes arrastrado por una grúa, en ocasiones el cielo nos envía señales. Tampoco puede presumir de mucho el Liberty de Roberto Heras y Manolo Sáiz, conste.

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El caso es que Aitor venció, logró nuestro triunfo cien en el Tour, el primero de esta edición, besó el anillo que cuelga de su cadena, cerró la boca de su director (de momento) y abrió la suya para decir que quizá debiera replantearse su carrera y dedicarse a las clásicas, nos lo estábamos temiendo. Sería una verdadera lástima que quien ha demostrado categoría para ganar grandes vueltas se reciclara en un terreno prestigioso, pero menor. Por cierto, todo lo que comentó en meta lo dijo con la misma sonrisa vacilona con la que se expresa en victorias y derrotas, como si lo que está en juego tuviera menos importancia de la que nos creemos nosotros, los trágicos. Es el único ciclista que a estas alturas de carrera todavía tiene mofletes y no pómulos de presidiario y estoy por asegurar que esos carrillos son, más que un rasgo físico, una muestra de su personalidad alegre y despreocupada.

El pelotón de los enjutos llegó a catorce minutos de Aitor, allí estaban todos, el feliz Voeckler y el líder espiritual, Armstrong, jamás pensó la bella Sheryl Crow que un ciclista molara más que un rockero.

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