Empieza lo bueno
El Tour se encamina esta semana hacia la gran montaña.

Si cualquiera de nosotros, aficionados y globeros de perfil bajo, hubiéramos compartido con los ciclistas la jornada de descanso habríamos terminado desfallecidos; prueben a hacer 80 kilómetros en coche e imagínenlos después en bicicleta, ustedes encima. Es posible que nos bastara un intenso masaje para aniquilar nuestras fuerzas. Así es el ciclismo profesional, imposible aproximarte con pelos en las piernas y michelines al viento, detalles que nos harían pasar inadvertidos en cualquier pretemporada futbolística.
Son curiosas las jornadas de descanso. Y traicioneras. Nos lo enseñó Perico (como casi todo), con cierta tendencia a pájaras espectaculares después del día de asueto. Es como si su cuerpo se acostumbrara a la molicie en pocas horas y luego fuera imposible despertarlo, algo muy español, por eso le queríamos tanto, porque era nosotros.
Suelen ser jornadas de balance y conferencias de prensa, de mercromina, del líder posando con su maillot amarillo tendido en un cordel, al fondo un valle, claro que en mi memoria el líder solía ser un tipo con opciones y prestigio, no un muchacho afortunado, porque la jornada de descanso llegaba con la carrera orientada y los favoritos colocados, no después de ocho días insufribles que sólo han servido para que a Hushovd le quiera más su novia.
Y lo que empezó siendo atípico también podría terminar siéndolo, me temo. Me explico: algo me dice que el Tour podría decidirse en una jornada de media montaña y ya son varios los que apuntan a la etapa que mañana finaliza en Saint-Flour, 237 kilómetros, un puerto de primera, otro de segunda y seis de tercera, una clásica en toda regla. De hecho, quien quiera ganar el Tour y no se llame Armstrong debería atacar cuanto antes y ese es buen lugar para probar su resistencia. Apostaría a que Hamilton lo intenta.
A partir de hoy comienza el verdadero Tour de Francia, lo anterior fue la Vuelta a Bretaña, ninguna gloria y mil trampas. Lo que nos espera esta tarde es la última transición, la penúltima oportunidad para Hushovd y los estonios, para Nazon y McEwen, todos ellos ciclistas muy respetables pero cuyo protagonismo no debería ser nunca mayor que el de los que se juegan la carrera, y lo es.
Algo cambiará desde hoy en la mentalidad de los ciclistas, de los candidatos. Mayo ha recuperado la moral y afila el cuchillo pensando en la jornada del viernes, la ascensión a La Mongie, que llega después de superar el Aspin. Irá a por la etapa y su expectativa futura dependerá del tiempo en que aventaje a sus perseguidores. Cerca de él estará Heras, obligado a ganar segundos en cada etapa de montaña, jamás ha estado en tan buena situación, jamás lo ha estado Sáiz.
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Al día siguiente se correrá la etapa reina, la única que finaliza en un puerto de categoría especial, Plateau de Beille. Si Armstrong no sentencia allí, lo que parece poco probable, habrá perdido, por primera vez en cinco años, el control de la carrera y tendrá que jugarse buena parte de ella en la cronoescalada al Alpe dHuez, en la última semana, aquella en la que las fuerzas flaquean.
Olvídense de todo lo anterior y empiecen de nuevo. Arranca el Tour, Armstrong ligeramente por delante, los demás muy cerca y el mejor escalador por detrás. Es como siempre, pero un poco mejor.