Tour de Francia | 1ª Etapa

Sálvese quien pueda

Jornada muy nerviosa por la lluvia. Kirsipuu ganó al sprint

<b>UN SPRINT MUY ABIERTO</b>. Hushovd, pegado a las vallas, pugna con McEwen (detrás de él) y Kirsipuu (de azul), que se impuso finalmente en la meta de Charleroi.
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En los próximos días (ocho) no tendremos más objetivo que no rompernos la crisma. No es mala declaración de intenciones para circular por la vida, conste. Solemos menospreciar las etapas que conducen a la montaña por considerarlas intrascendentes, nos dejamos acunar por el sonido del helicóptero, por las escapadas que siempre son de otro, sólo agitados por el sprint ajeno (ay Freire) o por el anuncio de una caída, montonera, esos segundos eternos hasta que el tumbado se levanta, o mueve un pie o enseña el dorsal, entonces volvemos a tranquilizarnos, cuántos datos grabará nuestro cerebro en las siestas, qué susto despertarse un día recitando los vencedores del Tour de Limusín.

Sin embargo, esas jornadas, estas, no son de relleno. Son, tal vez, las más expuestas, las más democráticas, aquellas en las que más influye la suerte (la mala), aquí no importan las fuerzas, ni los galones, ni los galeones. Ayer rodó por el suelo, entre otros, Óscar Sevilla, el niño torero. Su director, Álvaro Pino, quitó importancia al accidente y sus consecuencias: Chapa y pintura. Es decir, contusión sin rotura; el motor intacto, súbete otra vez a esa máquina llena de aristas, rígida, con un sillín duro y puntiagudo que más que acomodar, amenaza. No fue el día del Phonak: también se cayó Hamilton y también lo hizo Nicolás Jalabert, quizá el peor parado. A pesar de los tropiezos, el equipo de Pino sigue siendo el gran tapado del Tour (ojo a Santi Pérez). Y no citamos a Pereiro en el prólogo (fue sexto) porque habrá, seguro, mejores ocasiones.

Son tan frecuentes las caídas en el ciclismo que se suele atribuir a los verdaderos campeones la facultad de no caerse o de hacerlo poco y sin daños. El mejor ejemplo lo dio Armstrong cuando se libró de la curva que derribó a Beloki y luego del barranco que no era y del campo seco que no pinchaba ruedas y que conducía, directo, a la siguiente curva. Si eso es cierto, quedan pocos ciclistas sin el aspa de las desgracias y no los enumero por no gafar.

Mucha culpa de que la etapa de ayer se convirtiera en un infierno la tuvo la lluvia, la misma que diluyó el sexto Tour de Indurain. Al igual que ocurre en Madrid, ciudad alérgica al agua (por eso está en el centro), el pelotón fue un caos cuando comenzaron las primeras gotas. Aprovechando la confusión se escapó un quinteto en el que destacaba el grillo Bettini, dos veces ganador de la Copa del Mundo, italiano arquetípico en versión fea.

No fueron muy lejos. El Fassa Bortolo quería controlar la carrera para mantener el liderato de Cancellara y propiciar una llegada al sprint en la que rematara Petacchi. Por los tirones de unos y otros se rompió el pelotón y Euskaltel pasó problemas para que enlazara Zubeldia, no así Mayo, muy bien acoplado a la chepa de Armstrong, cual koala. También sufrían Cipollini y especialmente McGee, con problemas lumbares y al que algunos habían mencionado como protagonista (yo).

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Los siguientes en intentarlo fueron Wauters y Piil, que sucumbieron a kilómetro y medio de la meta, el pelotón lanzado, frenético, hasta el líder trabajando para Petacchi, que cuando se quedó solo comprobó que no lo estaba, había estonios por todos lados. Kirsipuu, de 35 años, se impuso en el sprint a Hushovd y McEwen, que se abrió paso como si montara en cuádriga. Cancellara mantiene el maillot amarillo y el juego de las bonificaciones deja a Hushovd a cinco segundos del liderato.

Hoy continuará la intriga, las mil amenazas. Aburrirse es sobrevivir. Por cierto, el Tour de Limusín de 2003 lo ganó Lelli.

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