Corazones de león
El Zaragoza ganó una final fabulosa. Galletti marcó en la prórroga. En el Madrid sólo Figo estuvo a la altura

Zaragoza, ganó el Zaragoza, están las zetas de moda, y no hace falta ser del Zaragoza para sentir cierto entusiasmo, para reconocer la grandeza de su triunfo, conseguido ante el mejor equipo del mundo y logrado sin una trampa, sin una argucia, sin más estrategia que la valentía; en estos casos, quien no vive la felicidad desbordada del afi cionado campeón se acerca de cualquier modo y recuerda aquella boda que fue en Zaragoza, aquel nuevo amigo que es de allí, la compañera de la Facultad, siempre ganas un poco cuando es el débil quien lo consigue.
Galletti, que hasta entonces no había hecho nada y nos disponíamos a despedazarle (así somos), enganchó un disparo venenoso que botó frente a César y podemos especular mucho sobre si Casillas habría alcanzado ese balón, aunque pensándolo un poco lo que habría que preguntarse es si esa pelota le hubiera botado enfrente a Casillas, si no hubiera sido más dócil, porque no es sólo cuestión de facultades, es un problema de ángel, qué importantes son los ángeles y qué absurdo dejar este cabo suelto, pero quien alineó a importan los entrenadores y el del Madrid no hizo nada en esos momentos decisivos, sólo mirar. Los técnicos de los equipos grandes se juzgan por esto, por lo que pasará a partir de ahora, no por golear al Valladolid en el Bernabéu.
Fue un partido maravilloso, lo tuvo todo, y no hablo sólo de la emoción, sino de los otros complementos que engrandecen el juego aunque lo amenacen por momentos. Me refiero a los árbitros que desenfundan fácil, a las tarjetas rojas, a las patadas. En este caso lo bueno y lo malo sirvió para agigantar la final.
Ya desde el primer instante el Zaragoza dejó claras sus intenciones, elegiría las armas del Madrid: el fútbol, tocar rápido, el balón. Sus primeros minutos fueron asombrosamente buenos, hasta el punto de que el Madrid tardó un casi un cuarto de hora en devolver tantos guantes arrojados en su cara. Fue Figo quien contestó. Tal vez el mejor Figo que hemos visto desde que llegó al Madrid, líder total, veloz, fantástico, pero solo. El centro del campo no funcionaba, Zidane enredado y Guti perdido, y la delantera estaba coja porque Raúl no está, hace ya tiempo.
Pese a todo, el Madrid fue ganando metros, imponiendo su presencia, esa fi gura que acompleja un poco porque es imposible no achicarse al ver cómo la tocan, cómo paran los balones. Estaba herido el Zaragoza y lo estuvo más aún cuando Beckham marcó de falta, un balón muy ajustado y un Láinez y un poco desajustado.
Otro equipo, ante semejante desgracia, se hubiera desparramado, pero el Zaragoza no es cualquier equipo. En seis minutos igualó el encuentro, un gran centro de Savio desde la cal, cantada de Solari en el salto de cabeza y remate a bocajarro de Dani, podríamos hablar otra vez de los ángeles y sus propiedades curativas.
Vuelta a empezar, regreso a la incertidumbre, al empate absoluto, la emoción inmensa, Figo contra el mundo y el mundo creciéndose. Hasta que una jugada ensayada, balón al segundo palo, cabezazo y Villa en el primero, sorprendió al Madrid, ingenuo. A Guti sólo le dio tiempo a hacer penalti, gol de Villa.
Pero el partido dio otra vuelta, lo hacía constantemente. Roberto Carlos empató al comienzo de la segunda mitad y el choque se puso totalmente en manos del Madrid cuando Cani fue expulsado, 24 minutos por delante. Sin embargo, ese dominio que siguió jamás fue un dominio absoluto, era el Zaragoza tomando aire, porque el último cuarto de hora fue suyo, de Movilla, de Savio, de Villa, buen presagio que una alineación te rime. Galletti tuvo una ocasión clamorosa que perdió por cambiarse el balón de pierna.
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Y acabó el partido. Y llegó lo mejor porque en el fútbol hay pocas imágenes más sugerentes que el jugador antes de la prórroga, tirado en el césped, moviendo los gemelos, las medias bajas. Hay pocos instantes más emocionantes, pocos regalos mejores que ese tiempo extra, esa ronda gratis. El partido que soñamos siempre se decide así, dos equipos rotos, abiertos, fútbol caníbal, nuestro gol de chilena.
Y a ese punto llegó la fi nal, por encima incluso de lo que pudimos soñar, diez contra diez y todos en el alambre, y todos con el calambre, incapaces de protegerse porque sólo quedaban fuerzas para atacar. Fue igual que en el sueño, aunque nuestro gol de chilena lo marcó Galletti, el Zaragoza campeón, por valiente, por saber levantarse, imposible no sentirse un poco de allí.