La fuerza del destino
Zidane guía a un gran Real Madrid a los cuartos. Michel y Helguera, soberbios. Iker, como suele: genial

Cuando acaba todo te sientes culpable por dudar, estúpido por el miedo, tienen razón los que no temen nada, este Real Madrid es demasiado grande, demasiado bueno, excelente en cualquier momento pero prácticamente inabordable en el esfuerzo acotado que exigen dos partidos, casi invencible cuando el desafío se concentra en 90 minutos. Y no hablo sólo de jugar bien, ese no es el único secreto. Me refi ero a la seguridad que genera este equipo, a su presencia, a su facilidad para escapar de las emboscadas, de la mala suerte, a su aire de campeón; antes estas virtudes las tenían los demás, alemanes, italianos, los demás.
Probablemente desde Indurain no hubo una realidad tan tozuda, una apuesta tan cierta, lo normal es que venza el Madrid, que pase el Madrid, que pierdan los otros, y esa inercia no depende de Ronaldo o Roberto Carlos, no está infl uida por aspectos aislados, es algo que empieza ganando una Copa de Europa y que continúa ganando la siguiente, hasta que un buen día quien viste esa camiseta se siente invencible y quien ve esa camiseta, derrotado. Se clasificó el Madrid, ahora parece muy lógico. Pero fue sufridísimo, como suelen ser estos partidos, choques en los que la brilantez se sustituye por el parto con dolor, los equipos retorciéndose. Y no sólo se trata de una lucha deportiva, también psicológica; para el Madrid era necesario que el Bayern, que recuperó el ánimo en la ida, se volviera a acomplejar y así terminó y así estará por algún tiempo, mucho, creo.
Zidane consiguió el gol y dejó mil muestras de su clase maravillosa, pero de nada hubiera servido su talento si no hubiera estado arropado por esa segunda línea de futbolistas que a veces creemos de relleno. Porque tan importante como la capacidad de Zidane para imaginar cosas y hacerlas realidad lo fue, por ejemplo, el trabajo de Michel Salgado, su pelea por un balón imposible, su valentía al jugarse la cabeza contra uno de esos centrales que rompen sandías con los parietales. De esa jugada que no lo era nació el gol, el empalme de Zidane y en este caso no hay palabras más adecuadas.
Hubo más héroes. Lo fue Raúl, pese a jugar lesionado. Su insistencia es impagable, igual que su conexión con el Bernabéu, nadie como él es capaz de levantar los ánimos del estadio, de manejar sus gritos.
No son para la galería esas carreras tras los balones perdidos, no son en absoluto gratuitas, son un símbolo, es como decirle a la gente que estás junto a ellos, que te importan. Todos estuvieron bien, todos, incluido Mejía (torero, atrevido, ya nos lo creemos), pero hay que seguir dando nombres, como el de Helguera, jefe absoluto de la defensa, sufi ciente para aniquilar a Makaay y Pizarro, dos en uno; o Casillas, otra vez salvador, especialmente fabuloso en un gran disparo de Ze Roberto.
Es normal que el Bayern, en lugar de encerrar al Madrid en los últimos minutos, acabara por desquiciarse, por lamentarse, por pelearse, debe ser duro estar al otro lado de la suerte. Los alemanes sólo resurgieron con la entrada del joven Schweinsteiger, es incompresible que Hitzfeld no contara con él desde el principio porque es un futbolista con frescura, todo lo contrario que Ballack, tristemente desaparecido, víctima del peor pecado del talento: la falta de competitividad, la carencia de ilusión.
También hay que hablar de Kahn, cómo no. Si en algún momento pensó que su error en el partido de ida sería sólo eso, un fallo más, está equivocado, porque aquella será su cruz, la imagen de la eliminatoria, quizá de su carrera. Para que le perdonaran hubiera sido necesaria una actuación sublime, milagrosa, y tal vez Kahn ya no esté para asuntos sobrenaturales, sigue siendo un buen portero, pero se le ve pesado, como el Zubizarreta de los últimos tiempos, como esos guardametas que ya no se tiran, que se descuelgan con poleas. Al final del partido se soltaron algunos puños, pero fueron de impotencia, nada en lo que tenga que entrar el Gran Hermano de la UEFA.
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Fueron de esas tortas que si las dejas seguir acaban en abrazos, en besos, en cuánto te quiero, por eso se marcharon todos con las camisetas cambiadas, porque Bayern y Madrid son casi la misma cosa y ellos, en el fondo, lo saben. Pasó el Madrid y me parecen ajenas todas las dudas que yo tenía, qué miedoso, cómo son los traumas de la infancia, los maltratos germánicos.
Habrá quien diga que la clasificación hay que agradecérsela a Kahn, a su cantada en el partido de ida. Pero yo me vengo arriba y creo que este Real Madrid hubiera alcanzado cualquier otro reto por muy alto que se hubiera colocado. No diré que no volveré a dudar, porque me conozco y porque todavía sobrevive el Milán, otro trauma. Pero a pesar de mis miedos estoy convencido de lo irrepetible de este equipo, de estar viviendo un momento único. Tal vez el miedo es a que se acabe.