El polígono y la gloria
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Un extraño hilo carismático une a la gente del Polígono de San Pablo, "Er Políngano", para esa ciudad de Sevilla tan difícil de apresar. "Er Políngano" podría ser El Pentágono del fútbol sevillano o el origen de un singular Código de Vinci. De sus calles y sus campos de tierra vecinos a la calle Sinaí, han emergido no sólo Antoñito o Rafael Gordillo, sino decenas de futbolistas. Antoñito que se fue ayer a la Macarena junto con el delegado, Cristóbal Soria, para que Nuestra Señora de la Esperanza le subiera a los cielos de la gloria. Esa misma Macarena que se vistió de luto por Joselito El Gallo, a la que también reza Lopera... y a la que rezaba Reyes, junto a los mismos Soria y Antoñito. Por la mañana, Antonio ya se había asomado al cielo blanquirrojo del Pizjuán, corazón de Nervión, en las portadas de AS y de El Correo. Seguramente, Gordillo se hubiese dado una vuelta por la Plaza de San Román, a echar un rato con el Cristo de los Gitanos. Y después, quizá, también se hubiese parado otro ratito con Nuestra Señora de la Esperanza.
Son ritos de esta ciudad huidiza como los regates sinuosos del mismo Antoñito o los latigazos de Gordillo, ancestral demonio zanquilargo y zurdo. En la misma amanecida de duende arte y sentimiento, la Macarena hermana a los hijos sevillistas y béticos de esos polígonos del extrarradio. Cuando Roberto Carlos buscaba anoche esa sombra rubia y escurridiza que le lanceaba por los callejones del Pizjuán, no sabía que Antoñito llevaba cosidas en sus botas trocitos de esmeraldas: las mariquillas que Joselito trajo desde Colombia a Nuestra Señora de la Esperanza. Contra semejante munición y contra el halo del Polígono, Roberto no tenía nada que hacer.
