Objetivo cumplido
El Madrid se clasificó primero de grupo sin problemas. Solari, el mejor. El Oporto empató de penalti

Si usted está viendo una película o similar y cuando suena el teléfono en la televisión le da por descolgar el del cuarto de estar, signifi ca que se está haciendo viejo. Es más grave si el asesino llama a la puerta en el telefilm, ding-dong, y usted abre la de su casa. Este tipo de situaciones no sólo denuncian un problema auditivo, leve, eso sí (porque el verdadero problema es no oír los timbres), sino que delatan una falta absoluta de interés por cuanto nos rodea, primer síntoma del paso del tiempo. El partido de ayer nos hizo sentirnos viejos, lo admito, porque fue de ese tipo de encuentros que sólo interesan (y no mucho) a los protagonistas, de esos que nos hacer perder la concentración o más bien que nos obligan a estar concentrados, lo nunca visto. Así, del mismo modo que abrimos la puerta al asesino o descolgamos la llamada de la chica, ayer, cuando un tipo se encadenó a uno de los postes de César, lo primero que pensamos es que se había metido en fuera de juego. ¿Triste? Pues sí.
Y la verdad es que ni siquiera hubo tiempo para disfrutar del encadenado, dada la diligencia de los empleados del Madrid, que en su kit de supervivencia incluyen escarpelos y tijeras para escaparse de campos de concentración, lo que debería alarmar al streaker Mark Roberts (el del Barça) y a sus pequeñas colgaduras.
En este caso, en su camiseta-denuncia, el espontáneo se dirigía al Vaticano pidiendo "Justicia divina" y reclamando la extraña herencia de un arzobispo, no puedo explicar más porque el asunto es confuso y no cabía en la camiseta, hubiera necesitado una capa o un disfraz de momia. Así, a simple vista, o tiene más razón que un santo o ha perdido el juicio leyendo libros de Pérez-Reverte. Pero vayamos al partido. Llovíangotas como peras, lo que signifi ca que los futbolistas debían estar mentalizados para mancharse mucho. Y no todos lo estaban. No es fácil vestir de blanco y asumir el pringue como destino. Entran en cuestión aspectos psicológicos e infantiles complejos de culpa que se resumen en la imagen de la madre frente a la lavadora.
El caso es que Ronaldo se pasó la primera parte escapando de loscharcos. No tuvo ni una ocasión y su aportación se limitó a no tocar un balón de Figo que acabó siendo una asistencia a Solari y el primer gol. Hay que recordar que Queiroz decidió proteger a Beckham de una posible tarjeta (y sanción) y apostó por Borja y Cambiasso como doble pivote, decisión de una cierta valentía y que no salió del todo mal (ni del todo bien). Borja tuvo alguna intervención interesante, chutó a puerta y recibió media docena de patadas, lo que duele pero da empaque. Cambiasso estuvo cerca de marcar un gol, pero lejos del futbolista que deslumbró un día, yo aún me acuerdo, snif. Sin embargo, es complicado descifrar algo positivo del mejunje en que se convirtió el partido, empezando por la disposición táctica, que se fue difuminando poco a poco.
Además, el Madrid se encontró con uno de esos rivales que juegan a ser como el Madrid en pequeñito, artísticamente desordenado, sin presión, pendiente del talento. El problema es que el talento del Oporto, el verdadero, se concentra en Deco, sufi ciente en Portugal pero poco más que nada en la inmensidad de la galaxia. Si el Oporto empató fue por una torpeza de Salgado, que intentó sacar jugado un balón que había que despejar, según explica el Libro del Fútbol en el capítulo I, sección primera. Los entrenadores de regional se comen crudos a los defensas que cometen estos errores. En su intento por recuperar la pelota, Michel arrolló a Deco y el penalti resultante lo marcó Derlei.
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En la segunda parte, con todos sucios (y Ronaldo en el banquillo), el partido pareció cobrar un renovado interés, eso sí, exclusivo a los futbolistas. Fútbol no había mucho, pero todos daban la impresión de divertirse bastante. Hasta Pavón estuvo a punto de marcar, pero Costinha, que ayer parecía el Doctor No (de puro malo), le hizo penalti. Algo semejante le ocurrió a Miñambres, que volvía tras su lesión.
Se acabó la liguilla y el Madrid se clasificó primero de grupo. La próxima vez que el árbitro pite el fi nal no nos darán ganas de descolgar el teléfono y de abrir la puerta. Seguro.