Su grandeza y su pobreza

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Me ha costado mucho arrancar a escribir. Y no sólo a causa de este temblor de manos que me acompaña, sino también porque no quiero caer en el elogio hipócrita. Lo más fácil sería inundarle de alabanzas, destacarle como una persona maravillosa, un deportista ejemplar... Pero entonces estaría mintiendo. José María Jiménez tenía muchos defectos. Y ahí estuvo su grandeza y su pobreza. Chava no era el ciclista ideal. Por eso enamoró. Cuando parecía hundido, allí resurgía con una exhibición. En una misma etapa era capaz de bajar al coche de Eusebio Unzué para retirarse y de darle un repaso a sus rivales unos kilómetros después. Sus gestas fueron tan frecuentes y sonadas como sus gatillazos.
Yo, todo o nada. Si no puedo ganar ni me molesto. Esta era su norma. El problema es que aplicó la misma filosofía a la vida. Durante estos días se especulará sobre las causas de su muerte. ¿Y qué? Mañana, o pasado, a nadie le importará ya si Chava era un crápula de la noche o un santo. Los aficionados al ciclismo sólo retendrán en el recuerdo sus victorias, como se retiene aún la música de Freddie Mercuri. Los aprovechados que le daban palmaditas en la espalda y le calentaban la cabeza haciéndole creer inmortal desaparecerán ahora para siempre(algunos ya lo hicieron cuando empezó la cuesta abajo y ya no estaba de moda). Pero el dolor permanecerá en su familia.