Haciendo afición
Lo venimos diciendo desde hace tiempo y ayer, en Madrid, tuvimos una prueba fehaciente de que es así: Fernando Alonso está revolucionando la percepción que en nuestro país se tiene del automovilismo. Estuvo rodeado de chavales que ya no sólo sueñan con vestir de blanco como Raúl o encestar como Gasol, sino que también son felices imaginándose al volante de un Renault de Fórmula 1.
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Son niños, son el futuro. Un porvenir diferente, con mayor amplitud de miras, con nuevas inquietudes. Serán pronto los que lleven a sus padres a los circuitos para seguir al campeón que ayer conocieron, los que multipliquen las audiencias de televisión en los grandes premios, los que exploren un camino para seguir a su ídolo como pilotos automovilistas. El fenómeno Alonso no conoce edades, ni sexos (a las niñas también las vuelve locas con su carita de buen chico) ni condición social. La Alonsomanía es universal.
Su popularidad es mucho más que una anécdota, porque soporta el peso de un deporte que casi había caído en el ostracismo (la ilusión por Carlos Sainz no es la misma desde hace mucho). Tampoco es nueva la percepción de que Alonso hará por la F-1 lo que en su día hicieron Ángel Nieto, Manolo Santana o Seve Ballesteros por sus disciplinas. Y estos niños nos refrendaron que es así.
