El deporte no contempla el espionaje
Espiar no está bien. Es más, el espionaje está penado. Y por espiar a más de uno le han pegado un tiro. Pero el espionaje que contamos hoy no es el de James Bond, sino el espionaje industrial relacionado con la Fórmula 1. Alguna persona con pocos escrúpulos se dedicó a recopilar información confidencial de Ferrari y se la pasó presuntamente a Toyota. Los Toyota, por cierto, corrían este año que se las pelaban. La información, qué duda cabe, era buena. Al espía le han descubierto, está ante los jueces y se le puede caer el pelo. Pero en el aspecto deportivo nada va a suceder. El espionaje no se castiga.
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«La obsesión de los coches, de las motos, de todo el deporte en general, es copiar lo que hace bien el contrario. La evolución que siguen los motores puede ser el secreto mejor guardado, pero no deja de ser un secreto a voces por mucho que las escuderías se empeñen en cubrir sus coches. Ingenieros y pilotos se cambian de escuderías y cuentan todo lo que saben para mejorar los resultados de la casa que los ha fichado. Por eso, lo del espionaje en la Fórmula 1 es relativo, y compete más a la justicia ordinaria, por cuanto tiene de venta de información privada, que a la deportiva.
«La contradicción es curiosa. Un hecho severamente castigado por la justicia lo pasan por alto las leyes del deporte, porque no contemplan el espionaje en su reglamento sancionador. El acusado puede pagar su delito con años de cárcel, pero el resultado de una carrera no se verá alterado por la compra/venta de información privilegiada. Son los tribunales los que están actuando ante la denuncia de un robo de documentación, mientras los comisarios de la Fórmula 1 se inhiben, de momento, ante este hecho gravísimo y punible desde todos los puntos de vista por cómo se ha obtenido la información.
