Liga de Campeones | Partizan 0 - Real Madrid 0

Iker vuelve a elevarse

Casillas salva a un Madrid sin pólvora. El gol 600 se hace esperar. La clasificación a octavos, asegurada

<b>¡NO PEGUÉIS MÁS PATADAS!</b> Eso es lo que parecía decirle Figo a Stojanoski en un lance del partido.
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Casillas no puede meterlos. Aunque hasta esto se podría poner en duda visto su estado de gracia, sus estrellas alineadas y su ángel de la guarda, nominado a espíritu celeste del mes. Iker hizo lo suyo, salvar la galaxia, pero nadie disparó al malo.

Y no me refiero al árbitro, y podría, pues era de los que estorban, de esos que están siempre en el medio, en la línea de pase, tropezando con los jugadores, y no por interés, ni mucho menos, sino por torpeza absoluta. Era como si se hubiera colado en el césped un oso panda, la misma autoridad, idéntico carisma. Y los jugadores del Partizán no tardaron en calarlo: plantígrado huidizo. Así que lo que parecía ansia y presión local se convirtió pronto en lengüetas con cuchillas, sálvese quien pueda.

Pero además del ardor guerrero y del gondolero consentidor, algo tenía el partido que lo hacía peligroso para la identidad física de los protagonista, era uno de esos encuentros con aristas, de esos que duelen.

El primero en comprobarlo fue Roberto Carlos, que se rompió él solito al lanzar una falta. Fue sustituido por Guti y Helguera volvió al centro de la defensa, si hoy es martes esto debe ser Bélgica. Pocos minutos después se lesionó el lateral izquierdo del Partizán, Malbasa, un tipo interesante (como futbolista, se entiende).

El juego estaba muy movidito. En el minuto 4, le hicieron un penalti a Zidane, pero era demasiado pronto y el osito no lo vio (no lo vio oportuno). El Partizán llegaba por pesado y el Madrid se revolvía con mucha supe-rioridad, pero era ese tipo de dominio que se queda en lo estético, buenos pases y poquísima profundidad, fútbol de tíovivo. Sólo Guti agitaba las conciencias con sus pases al hueco, pero casi nadie se daba por aludido. Y el partido estaba para matarlo antes de que te matara a ti.

Un buen ejemplo del riesgo que sobrevolaba el campo era Beckham, abucheado por el público y víctima principal de los machetazos rivales. Otro se hubiera encogido o hubiera sido expulsado por contestar a tantos recados, pero el inglés, muy torero, se vino arriba y se adueñó del centro del campo, incluso intimidó a los intimidadores, porque al novio de la Barbie le sale el Madelman que lleva dentro cuando le tocan la coleta.

La primera parte acabó con la cabeza de un serbio medio rota y con una fabulosa intervención de Casillas a un remate a bocajarro de Iliev, el primero de los milagros, cantadita de Pavón. En favor del central hay que decir que si nadie estuvo muy bien (Iker aparte), nadie lo hizo horrorosamente mal, por eso los errores se perdonaban rápido y los aciertos se olvidaban con la misma facilidad.

El Real Madrid había sobrevivido a lo peor y la segunda mitad fue suya por completo. O casi. Pero la exuberancia de pegada exhibida en otras ocasiones ayer eran manotazos a las moscas. Lo tuvo Zidane y lo tuvo media docena de veces Ronaldo, muy inocente él y muy bueno el portero del Partizán, aunque más de lo primero.

Raúl, a base de querer ayudar mucho, no ayudaba nada. Corría, pedía y buscaba, como suele, pero le falta acierto y esto sucede ya hace algún tiempo, lo que ocurre es que es tan bueno que lo disimula estupendamente.

Los diez últimos minutos fueron un asedio, Beckham al mando de las operaciones y los serbios menos soberbios, casi entregados y casi gustándoles, los misteriosos mundos del masoquismo. Sin embargo, el Madrid era incapaz de rematar la faena, quizá porque en este equipo maravilloso falta un punto salvaje, asesino, especialmente fuera del Bernabéu.

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Con el partido agonizando llegó el último milagro de Iker, que repelió un tiro asesino de Drulovic. Pero hubo más: los grandes porteros ejercen un infl ujo que trasciende sus paradas hasta provocar el terror de sus enemigos. Después del rechace, el balón quedó muerto en los pies de Ilic, más solo que Cardeñosa, náufrago con la portería vacía. Pues la tiró fuera, como un pato, aparentemente ridículo, pero

empujado en realidad por el ángel de la guarda más en forma del mundo, el de Leti aparte.

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