Primera | Real Madrid 3 - Racing 1

Crueldad intolerable

El Racing, fabuloso, no mereció tanto castigo. El Madrid tuvo que explotar su versión más genial

<b>GOLAZO DE ZIDANE</B>. El francés marcó un soberbio tanto de volea y fue felicitado por todos sus compañeros.
Actualizado a

Teníamos un juego cuando éramos pequeños al que llamábamos "las caídas". Uno se pedía ser la víctima y el otro escogía el arma; la metralleta solía ser la favorita. Establecidos los papeles, uno aparecía tras una esquina como un soldado despistado y el otro le ametrallaba consecuentemente, con mucho escupitajo y ruido gutural. La víctima se retorcía como veíamos en las películas, con cientos de sacudidas y calambres, hasta que por fin se desplomaba, a ser posible sobre un charco. El agresor puntuaba la caída con total ecuanimidad, valorando coreografía, puesta en escena y defunción final. Y el ganador se consagraba como un muerto ágil y heroico, un perdedor sublime, un ídolo callejero. Les cuento esto porque el Racing tuvo un caer suntuoso (9,5), no se me ocurre una derrota más digna, más orgullosa, tanto que escondió una victoria o eso quiero creer.

Porque partidos como el de ayer, aunque preciosos, te hacen dudar de los principios básicos. Por ejemplo: si eres bueno irás al cielo. Porque el Racing fue muy bueno, buenísimo, y no fue a ningún sitio. Lo hizo todo perfectamente y no obtuvo recompensa alguna por la sencilla razón de que no jugaba contra sí mismo, ni contra su afán de superación o su espíritu de sacrifico. Jugaba contra el Real Madrid, contra el gran Real Madrid. Y ante eso no basta ser bueno. Es como si para entrar en el cielo no fuera suficiente con los méritos terrenales, sino que se hiciera necesario pasar el corte, como en el golf, y el corte lo estableciera el Madrid a una altura insuperable, la suya.

Lucas Alcaraz planteó un partido impecable, valiente, honesto, si hay que morir lo haremos jugando al fútbol porque es lo que sabemos hacer y porque esa es la mejor manera de no morirse nunca, que la belleza subsiste en el recuerdo, o eso dijo el poeta. Así salió el Racing, un equipo exquisito, sin un zote, repleto de jugadores finos (Nafti, Morán, Regueiro...) entre los que sobresale el israelí Benayoun, apodado Aladdin por razones obvias.

Aún se recuerda en el Bernabéu al Ajax que bailó al Madrid, incluso al Racing de Munitis que hizo lo propio. Es injusto que al partido de ayer se lo coma el resultado, básicamente porque esos otros recitales fueron ante versiones inferiores del Madrid. Y lo que consiguió ayer el Racing de Alcaraz, y es casi tan importante como la victoria, fue sacar lo mejor del mejor equipo del mundo, que no hubiera vencido de otro modo.

El gol de Benayoun fue contestado por Zidane con un empalme prodigioso a pase picadito de Ronaldo. Jugada galáctica, maravillosa, de anuncio. Cualquier rival se hubiera rendido a eso y a las triangulaciones posteriores, casi infinitas, el Madrid inspirado. Pero el Racing resistió y logró enderezar otra vez el partido, hacerlo suyo. Sin embargo, su destino no estaba en sus manos.

Una contra del Madrid llegó a los pies de Zidane, que se imaginó el gol cuando galopaba y le puso un balón a Figo que era un mapa del tesoro. El portugués sumó su cuarta asistencia (como Beckham) y Raúl marcó. Más que un gol, una sentencia. Apenas quedaba un cuarto de hora, pero se lo hubiera podido ahorrar Turienzo, un árbitro caserísimo, blandito y ventajista.

Noticias relacionadas

Guti, al que Cambiasso arrebató la titularidad porque Queiroz ve cosas que usted y yo ignoramos, salió en la segunda mitad y tuvo detalles reseñables, entre ellos, encararse con el público. Ser un incomprendido es una pose interesante, incluso creativa, pero uno corre el riesgo de justificar así todos sus errores. Debería recordar Guti que esa gente que se empapaba como si fueran los tripulantes de un atunero tienen algo que ver con su sueldo, su fama y su pelo.

El Racing dedicó los últimos minutos a morirse, acribillado, glorioso, bajo la lluvia, otro gol de Raúl, un resultado cruel y una imagen heroica. Al final, hubo jugadores que se intercambiaron la camiseta, pero nadie le pidió la gabardina a Alcaraz, ni siquiera Queiroz.

Te recomendamos en Polideportivo