Un culé de Béjar que emigró a Barcelona
Roberto Heras había encandilado al ciclismo español con sus dotes de escalador, de la escuela Cubino, en Béjar. Etapas de montaña, la Vuelta de 2000... Hasta que Armstrong se encaprichó y lo fichó para el US Postal. Aquello enfrió a la afición, pero quizá ayer empezó a recuperarla.


Vicente del Bosque estaba ayer invitado a la Vuelta, pero no pudo venir. Aún así, al minuto de acabar la etapa llamó por teléfono a un miembro de la organización y le dijo: "Felicita a mi paisano Roberto Heras de mi parte, aunque sea del Barça". Entre salmantinos anda la cosa. El sentimiento culé de Heras viene quizá de los aires de Béjar, porque el pionero de aquella tierra, Lale Cubino, y el hijo pródigo, Santi Blanco, también son seguidores azulgrana.
Cubino fue el inicio, el hombre que arraigó en Béjar el amor por el ciclismo. Heras ya no vive allí, aunque tiene casa en Candelario, sino que reside en Barcelona. No fue su condición de culé lo que le llevó a la Ciudad Condal, sino Ana, su mujer, con quien tiene una hija desde mayo. El bebé nació en Béjar una semana antes de que el padre de Roberto muriera.
Quizá estos dos acontecimientos hayan cambiado el carácter de Heras, que había languidecido en los dos últimos años sin razón aparente. El pelotón y los seguidores del ciclismo estaban extrañados por la sequedad (incluso antipatía) de Roberto. Pero el bejarano ha renacido esta temporada. No sólo porque va a ganar otra vez la Vuelta, sino porque es otra vez el chico agradable (aunque tímido), que arrancó con Kelme en agosto de 1995.
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Heras siempre enamoró con su ciclismo. Ya en 1997, en su primera Vuelta, logró ganar una etapa en el Morredero y terminó 5º en la general. Desde entonces no se ha bajado nunca de los seis primeros en esta carrera: 6º en 1998 (1 etapa en Segovia), 3º en 1999, 1º en 2000 (2 etapas en Morella y Abantos), 4º en 2001, 2º en 2002 (2 etapas en Angliru y Pandera) y 1º en 2003 (una etapa en Abantos). "La Vuelta me gusta", dijo ayer. No nos extraña.
Heras iba camino de ser un ídolo hasta que un hecho cambió su vida. En 2000, Lance Armstrong sufrió en sus carnes cómo le dejaba tirado en el Joux Plane y pidió su fichaje. La oferta fue irrechazable: 1,5 millones de euros anuales. Roberto litigó con el Kelme para romper su contrato y renunció a su gloria en el Tour para trabajar para el americano. Él sigue pensando que no se equivocó. Pero ayer, de momento, volvió al sitio donde ya estaba en 2000: 1º en la Vuelta. Eso sí, quizá empezó también a recuperar a la afición.