Etxebarria & cía
Unai Etxebarria ganó en Burgos gracias, en parte, al trabajo de su compañero David Etxebarria. Nozal se metió en la escapada y se aseguró el liderato

Unai y David Etxebarria fueron descalificados del pasado Tour de Francia por llegar fuera de control en una contrarreloj. El asunto fue curioso. Un juez abusón y justiciero les penalizó por hacer parte del recorrido a rueda de otros ciclistas, práctica tan ilegal como típica entre los corredores rezagados en la general, que nunca esperan encontrarse con Perry Mason. El tiempo perdido y los minutos de castigo les dejaron fuera de la carrera.
Unai y David, que no son hermanos, comparten equipo, apellido y, a veces, destino. Si uno intenta buscar afinidades en un tocayo, el afecto se dispara al descubrir a alguien con el mismo apellido y la misma gorra. Tal vez por eso, cuando se escapó Unai, David protegió con rabia la escapada de su mitad Etxebarria. Persiguió a los perseguidores y cuando los tuvo juntos hizo de tapón para frenar el ritmo. Estas tretas no sirven para ganar una guerra, pero sucede con ellas igual que con el enano de Gila que gritaba desde el Seiscientos descapotable: desmoralizan.
Con un compañero así, ni que decir tiene que ganó Unai, que es un venezolano de Durango o un vasco de Caracas o un objetor del Euskaltel, que no está claro y tampoco importa mucho. El grupo perseguidor llegó a 44 segundos, pastoreado por David, que es un ciclista fabuloso, indispensable cuando queramos clonar el ardor guerrero.
Entre esos escapados estaba Isidro Nozal, de la ONCE, que en Santander esperaba recibir el maillot oro y se quedó con las ganas por el despiste de Joaquín Rodríguez (yo sí me lo creo). La cara de Nozal, que el otro día era del tipo "todos honrados pero el poncho no aparece", se alivió ayer sustancialmente al verse subido al podio sin Rodríguez por los alrededores. Como diría un experto de marketing no parece que se haya aprovechado la sinergia del equipo ni gestionado muy bien esta mini crisis. Es decir, que ha habido mal rollo.
Aunque la jugada le salió bien a la ONCE, hay que preguntarse por qué Nozal no colaboró con una fuga que le beneficiaba y que llegó a poner en peligro. Seguro que hay una explicación muy simple, pero es que no caigo. Porque hasta el último momento los escapados no se liberaron de la amenaza del pelotón, un tanto caótico, sin equipos capaces de aprovechar el viento de costado. Cuando se cortó Petacchi, el Telekom de Zabel no supo tirar a muerte. Y cuando por fin entró Petacchi, su equipo ya se dio por satisfecho y el Telekom, también.
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La temprana subida al Escudo marcó otra etapa que salió lluviosa e incómoda. Allí se escaparon los valientes y allí se vio flojear a Óscar Sevilla, lo que es un mal síntoma tirando a horrible. Esto nos hace pensar que la Vuelta, a falta todavía de que aparezcan los dragones, se puede decidir por derrumbe generalizado. Sólo resisten indemnes Heras e Igor, de momento.
La dolorosa anécdota de la jornada la sufrió en sus propias carnes el suizo Fabian Jeker, uno de los corredores escapados, que fue derribado por un motorista de la Guardia Civil, que, según me asegura Bermejo, se dio a la fuga. Fue sin querer, seguro, no me cabe la menor duda de la honradez del agente. Pero el poncho no aparece.