Batalla española y extranjeros tapados
Aitor, Heras, Casero, Sevilla, Igor y Mancebo, favoritos españoles. Cadel Evans, Frigo y Leipheimer, al acecho. La Vuelta está abierta.

Como es fácil caer en el desaliento, no caeremos. Y por eso encontraremos argumentos para rebatir a quienes prefieren pasar las tardes viendo documentales de osos. A quien diga que faltan figuras extranjeras, le diremos que corren Leipheimer, Frigo o Cadel Evans, bonito nombre, magnífico ciclista, ex campeón del mundo de mountain bike y gran escalador levemente propenso a las pájaras; o sea, un romántico.
Y para quien siga sin creer recordaremos nuestra maravillosa capacidad para inventarnos enemigos: Millar, Giovanetti y, sobre todos, Caritoux, tipo recurrente en las pesadillas de toda una generación y creador inconsciente de la expresión popular "hacer la de Caritoux", con la que se pueden describir nuestros ridículos más espantosos.
Nos saldrán entonces con que los españoles que luchan por el triunfo son todos iguales, buenos chicos que se quieren, imposible decantarse. No es exacto. Aitor es anarquista, Casero democristiano y Heras imperialista. Sevilla, que fue Joselito, ahora, a punto de cumplir 27 años, se parece más a Michael J. Fox: no puede seguir haciendo papeles de niño. Y también está Igor, la última esperanza de la ONCE, y Mancebo, la última del Banesto. Y junto a ellos, Pecharromán, la revelación tardía, lástima su empeño por descartarse, un tic cobarde.
Cada uno de ellos, y los que se sumen por el camino (Valverde, Pereiro, Santi Pérez...), pertenecen a un mundo diferente, sólo hay que acercarse, reconocerlos y elegir a uno. Una vez te aproximas, los chinos dejan de parecerte iguales. Además, salvo esporádicas visitas de campeones extranjeros (que casi siempre nos ganaron, por cierto), la Vuelta siempre fue un asunto interno, pero no menos apasionante que un Tour en el que se pelea por ser segundo.
Es fácil que las fuerzas del mal también nos recuerden que el ciclismo se desangra, los registros en Bélgica, la desaparición de ONCE y Banesto... la eterna sospecha. Es imposible negar la crisis, pero detrás de los médicos y los directores casposos, detrás de los ciclistas que se dejan manipular, siempre queda el deporte, el más heroico. Tampoco suena mal un último duelo entre la ONCE y el Banesto, solos en el páramo, la batalla final, el que meta gana.
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Hay más alicientes: aunque a la fuerza, correrá Cipollini, tal vez disfrazado de gaitero, o de fabada. Y también Petacchi, el príncipe del sprint. Y habrá etapas del Tour, carreteras por las que hemos pasado y un recorrido repleto de trampas. Y todos en estampida, sin Armstrong que nos regañe.
Hay ausencias, cierto, inexplicables las de Zubeldia y Freire, dolorosa la de Beloki, justificada la de Mayo, por lo cargado de su temporada. Pero hay muchos que se atreven. Dentro y fuera.