El valor del talento
Marcaron Beckham y Ronaldo. El Betis desapareció cuando aceleró el Madrid. Palermo, muy gris

Cuando el Real Madrid juega en el Bernabéu las crónicas corren el riesgo de ser clónicas: gol, siesta, susto y gol. En el pack se incluyen hermosas jugadas, los milagros de Iker y ayer, de forma promocional, un tipo en pelotas al que se le veía mejor el adorno navideño que el árbol.
Es como si el Madrid funcionara a golpe de estímulos. Salta al campo y le emociona el rugido del estadio y el brillo de la hierba. Y eso le hace jugar bien porque juega concentrado. En esas condiciones no tarda en llegar el gol. Pero cuando lo hace el equipo pierde progresivamente el interés, como esos niños prodigios que se distraen con la tabla de multiplicar porque el cuerpo les pide raíces cuadradas.
Y cuando el Madrid resulta abducido, cualquier equipo puede aprovecharse. Así ocurrió toda la temporada pasada y así volvió a suceder ayer. Con el marcador en contra, el Betis tuvo tiempo de recuperarse del golpe y de dominar el partido. Incluso lo empató, con un cabezazo de Juanito que delató una absoluta falta de intensidad defensiva.
El empate, ese tipo de empates, suele despertar la curiosidad de los galácticos, que vuelven a mirar a la pizarra y a interesarse por lo que sucede. El tiempo que pasa también es un aliciente, al igual que el temor del público, que es un murmullo contagioso: ya estamos, ya estamos.
Y entonces el Madrid vuelve a marcar. Si la situación ha sido moderamente emocionante suele ser un gol, pero si se rozó el drama pueden caer dos, incluso tres. La sensación final es que cuando juegan en casa se ven tan superiores que dan ventaja, que ahorran fuerzas. Y es muy posible que lo hagan sin darse cuenta, es probable que sea un modo natural de protegerse, para qué correr si se puede llegar andando. Y nada se podría reprochar a ese ahorro de energías si no fuera por los vicios que deja cuando toca salir del Bernabéu, veremos Villarreal. Pero no adelantemos acontecimientos.
Además, hubo otras cosas que las habituales en el partido de ayer. Para empezar, un fogonazo. Ronaldo hizo una pared con Raúl (que no hizo más) y el brasileño lanzó el pase de la muerte. Beckham, que seguía la jugada y surgió como un flecha, marcó el primero. Con ese gol se confirmó la fascinación que siente el madridismo por Beckham, al que se ha acogido con un sorprendente entusiasmo.
Y el inglés corresponde, conste. Porque si en la primera parte su participación fue más estadística que real (el gol, un gran pase y una buena falta), en la segunda su presencia sirvió para ordenar al equipo y darle salida. Y aún le sobró para mandar un chutazo al larguero. Esa mejoría coincidió con su reubicación en el centro del campo, su destino natural.
Sin oposición. Mientras tanto, el Betis lo presenciaba todo con una cierta sumisión, con los mismos defectos que le impiden ser uno de los grandes, aunque parezca cerca. El primero de todos, su falta de gol. Palermo se limitó a estrellar un balón en el larguero, porque el resto fue hacer bulto. Sólo Joaquín rompió el mecanicismo del Betis, pero su inspiración se quedó en nada cuando se encontró con la de Casillas, el séptimo galáctico y subiendo, otras dos paradas prodigiosas.
Todo terminó cuando Zidane, hasta entonces disipado, le hizo un nido en el empeine a un balón que venía volando. De ese control salió un pase con la izquierda que machacó Ronaldo a pesar de que el remate tenía su ciencia y la pelota podía haber acabado en la Plaza de Cuzco.
Luego vino el cambio de Raúl, cuando quedaban 13 minutos para el final, su segunda sustitución seguida. Cómo estaremos de mal acostumbrados que cuando muestran su dorsal en la banda, a algunos nos entra miedo, no vaya a pasar algo. Tics del pasado, nos recuperaremos.
Tal vez el streaker no sea un payaso y ayer quisiera hacer una metáfora del juego del Madrid. Tal vez, aunque le faltaba árbol.
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Joaquín y Casillas: un gran duelo
Fueron los mejores futbolistas de sus respectivos equipos y se encontraron cara a cara en un par de ocasiones que pudieron ser decisivas. En la primera, en el minuto 70, Iker despejó con los pies un remate casi a bocajarro de Joaquín y evitó el empate a dos. Apenas diez minutos después, el extremo sevillano disparó desde fuera del área un tiro raso y cruzado que se hubiera colado en la portería si no hubiera sido porque Casillas sacó una mano milagrosa en el último instante. Ya en los últimos minutos el acoso del Betis se encauzó por la banda derecha de Joaquín. Pero el marcador ya no se movió. Y entre los héroes del Real Madrid estuvo, como últimamente, Iker Casillas, cuya actuación fue impecable en los momentos decisivos, al igual que ocurrió en la Supercopa. Casillas y Joaquín volverán a coincidir, ya en el mismo equipo, en la próxima convocatoria de la Selección Española.