Así se gana
Recital de Hamilton ante la inoperancia del Euskaltel, que tiró demasiado tarde y ve amenazados los puestos de Zubeldia y Mayo. Ullrich no se movió.

La vida no tiene mucho sentido, para qué nos vamos a engañar. Falla el sistema de recompensas y castigos, la riqueza está mal repartida (la pobreza mejor) y como la felicidad sólo se reconoce al día siguiente siempre vas con un día de retraso sobre las desgracias y las penas. Por eso recurrimos al deporte, ámbito delimitado por reglas en el que la justicia es más frecuente y la felicidad instantánea. Y en general, las cosas tienen más sentido, como la victoria de Hamilton.
Fue un triunfo ejemplar porque demostró que no hay nada imposible, aunque a veces casi todo lo parece, que se lo digan a Julián Gorospe. Hamilton se escapó en la ascensión al Soudet, a falta de 142 km para la meta. No era el ataque de un membrillo que compra un décimo, sino el asalto de un verdadero jefe de filas.
No entraré ahora en si Hamilton tiene la clavícula fracturada, dos fisuras o le ha picado un tábano, aunque tiendo a fiarme de la gente con orejas de soplillo. Lo verdaderamente importante es que Hamilton se la jugó sin estar necesitado y asumió el riesgo de quedarse en el camino. Y no hubiera habido humillación alguna en que le hubiera atrapado: a ver si entienden los directores y los ciclistas que el público quiere valientes, no estrategas de pitiminí.
Es cierto que poco después de que atacara Hamilton lo intentó Mayo, pero sin fe. Gorospe, clarividente, admitió tras la etapa que lo había mandado deternerse "porque no iba a ningún sitio". Del mismo modo, Jaimerena, segundo director de ibanesto, abroncó a Mercado con las cámaras de televisión delante por escaparse demasiado pronto, por malgastar fuerzas. Le faltó darle un capón. Se supone que Mercado aprendió la lección: la próxima vez se escapará Rita, la gran cantaora.
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También es curioso que mientras Hamilton aumentaba su ventaja, el Euskaltel, que veía amenazados los puestos de Mayo y Zubeldia, no se dignara a dar un relevo, tal vez por temor a descolgar a Vinokourov, que debe ser majísimo. Luego, cuando ya era tarde, se dieron un atracón, el mismo que les espera en la crono si quieren mantener el cuarto y quinto lugar. Debe agradecer Hamilton no tener un director asustadizo, porque no hubiera llegado. Después de bajar Bagarguy (donde nadie atacó), y durante 60 km, mantuvo su diferencia, que sólo bajó de los cuatro minutos al final. Y eso que Zabel había enlazado y Telekom tiraba en compañía de otros.
Cuando Hamilton cruzó la meta, emocionado, pero sin necesidad de hacer el salto de la rana, se convirtió en eso que llamamos un campeón. Luego lo abrazó Armstrong, que es su vecino en Girona y que fue su jefe cuatro años. Hasta que entendió Hamilton que hay más gloria en luchar contra el rey, que en ser su escudero, aunque pague mucho.