Ciclismo | Tour

Vinokourov se mete en la pelea por el Tour

El kazajo recorta 43 segundos y se sitúa a18 de Armstrong y a tres de Ullrich. Hoy, etapa reina con subidas al Aspin, Tourmalet y final en Luz Ardiden.

<b>MUCHÍSIMOS AFICIONADOS.</b> Vinokourov y Mayo fueron protagonistas destacados de una etapa seguida a pie de carretera por miles de aficionados.
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Ya no es Tour, es póker. Strip-póker, diría yo; cada ronda, una prenda, no valen los pendientes ni los anillos. Y así se van desnudando, descubriendo lo que se esconde, fuerzas y vergüenzas, que es lo que siempre hay debajo. Armstrong, apenas cubierto por una camisa amarilla, ganó ayer la partida. Y lo hizo sin cartas. Vinokourov se destapó, ambicioso y exhibicionista. Y Ullrich se desvistió generoso e inocente, como si no entendiera todavía qué significa jugar a los médicos, pobre, y dijeron que era tan malvado.

Armstrong venció ayer porque engañó a Ullrich para que trabajara por él en la persecución de Vinokourov, para que asumiera una responsabilidad que no le correspondía y que le alejaba de su verdadero objetivo, que no era otro que atacar al líder, nunca marcarle un ritmo. Y ese engaño no sólo anuló a Ullrich, sino que sirvió para reducir distancias con el escapado. Fue un farol, porque si Ullrich se hubiera negado a tirar, el americano habría perdido el liderato, que es lo que le sostiene, o le hubiera obligado, tarde ya, a un esfuerzo extraordinario. Pero el alemán tuvo miedo porque en el fondo no le parece mala idea llegar así a la contrarreloj final.

Mayo demarró. Estuvieron muy cerca de devorarse. Y en los segundos que dudaron si hacerlo fue cuando Vinokourov aprovechó el demarraje de Mayo. Pudo haber sido Zubeldia quien se agarrara a esa estela y me atrevería a decir que fue una cuestión más de oportunidad que de fuerza. En cualquier caso es una situación que bien podría repetirse hoy: los favoritos que se miran y una puerta que se abre. Sólo nos queda escaparnos por esa rendija si queremos seguir soñando. Y queremos.

Vinokourov, que se sitúa ahora a tres segundos de Ullrich y a 18 de Armstrong, necesita seguir atacando para afrontar la última crono, no ya con garantías, sino con esperanzas. Cada vez se parece más a un tren repleto de dinamita que viaja sin control. Jamás ha estado cerca de ganar el Tour y nunca ha superado tantos puertos tantos días. Pero tiene tanta rabia, quizá por el amigo muerto o por las ocasiones perdidas o por las eternas promesas como él, que no corre, sino que huye. Si vuelven a dudar hoy, vencerá él.

Armstrong también debe estar preparando algo, es un experto en resurrecciones. Ayer corrió muy retrasado, arriesgándose a posibles ataques, presumiendo de debilidad, como ya ha hecho alguna vez, acumulando excusas. Pero al final ha salido reforzado tras su duelo psicológico con Ullrich.

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El americano, que llegó a Europa con la arrogancia de un cowboy, que gritaba cada vez que lanzaba un demarraje, como si estuviera domando a Silver, se ha convertido con el tiempo y con los Tours en un purista que responde en francés. Y cualquier entendido sabe que el Tourmalet es el escenario perfecto para escribir una leyenda, la del quinto Tour, o un epitafio, el que nunca fue.

Por cierto, ayer ganó la etapa Simoni, vencedor del último Giro, fugado junto a Dufaux y Virenque, la vieja escuela. Hoy será totalmente diferente, porque no atacarán los ciclistas, sino que lo harán las montañas.

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