La injusticia por bandera
La dinámica del fútbol federativo es meramente mercantilista, ante la pasividad de la patronal de los clubes, que son los paganos y perjudicados. El arbitraje está dentro del engranaje villarista y, generalmente, se distingue por muestras de incompetencia. Si en Primera el nivel es decepcionante, en Segunda es horroroso.
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El vasco Delgado Ferreiro necesitó una semana de reclusión monacal para armar la marimorena en el derby. Anótese el penalti mal señalado al sportinguista Pablo, el no pitado de Cristian a Geni o la pasividades en las tánganas. Tras ver mucho fútbol de Segunda puede llegarse a la conclusión de que la mayoría de los árbitros son malos o cortos de vista, además de futbolistas frustrados.
Pero la incompetencia arbitral cuenta con el respaldo de los comités. El ejemplo es la expulsión de Pablo, por una cándida desconsideración a un rival que el acta convierte en agresión, mientras que la ceguera de los trencillas vascos dejó impune la alevosa entrada de Paredes al sportinguista, que sí mereció la roja. La injusticia se respalda desde la Federación al no atenerse a las pruebas, entre las que figuran las pueriles provocaciones del Judas Paredes, quien hace tres semanas confesó a un intermediario castellano su disposición a marcharse ya al Sporting.
