El atletismo está bajo sospecha
En el atletismo siempre ha habido sospechas generalizadas de doping. Nadie que pertenezca a su propio mundillo ignora el run run que ha corrido en torno a los grandes campeones. De Carl Lewis ya se dijo, siempre off the record, que en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 84 se hizo la vista gorda con él. Y que el positivo de Ben Johnson en los de Seúl 88 no fue el único de aquella final de 100 metros. También hubo uno de Christie que no trascendió por mediación de la princesa Ana de Inglaterra. "Un atleta británico nunca da positivo", dicen los mentideros que exclamó al conocer la noticia.
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En efecto. Christie no dio positivo, pero desde entonces comenzaron a pillar atletas británicos, el propio Christie entre ellos. Que Lewis esté ahora en entredicho no es de extrañar. Ya lo estuvo, además, en 1987 y no precisamente por efedrinas, que son al fin y al cabo estimulantes menores. Apareció con un aparato corrector de los dientes y causó sorpresa ver que necesitara de tales artilugios a sus 26 años. Se especuló con que el aparato trataría de evitar una deformación a consecuencia de una hipotética administración de la, por aquel entonces, aún incipiente hormona del crecimiento.
Las sospechas y los rumores partían de los propios atletas, quienes fueron acuñando sentencias con graves acusaciones. "No se puede correr una final olímpica de 100 metros si no es con ayuda farmacológica", denunció Nolet. "Corro contra rivales que han sufrido una transformación en sus cuerpos", dijo Mardomingo. "No se puede saltar más de 2,09 si no es con doping", reveló Henkel. "Lanzar más de 22 metros a pelo no es posible", vaticinó Odriozola. Esta es la realidad. El mundo del atletismo tiene la solución, pero sería a costa de derrumbar el circo que ha levantado y del que vive, por cierto, muy bien.
