España huele a oro
Se impuso a Islandia, con recital de Hombrados y Dujsebaev. Aseguró su presencia en Atenas 2004 y mañana jugará las semifinales ante Croacia
A Lisboa por la puerta grande. Por fin, la segunda ocasión de luchar por las medallas; por fin, ilesos del partido crucial, ese que machaconamente relegaba a España a pugnar por el quinto puesto, el llamado oro del Mundial B. Esta vez no; en esta ocasión había tensión, ganas, certidumbre de que era posible derrocar a una de las selecciones que mejor balonmano de ataque hace en el mundo. Islandia, la revelación del pasado Europeo, fue un gran rival que magnificó el triunfo español en un duelo que siempre mandó el conjunto de Argilés, pero que siempre tuvo a los nórdicos pegados al cogote.
Si el deporte gozase de la propiedad transitiva de los números, estaba claro que el triunfo tenía que ser español. Si España había ganado a Yugoslavia, si Alemania había ganado a Islandia, y luego, entre Yugoslavia y Alemanía se había producido un empate, el corolario de esas premisas arrojaba el triunfo español. Sí. Pero eso son los números. En la cancha eso no vale. Si no llega a ser porque Dujsebaev decidió que era un día para las estrellas, a estas horas no estaríamos tan alegres; si no llega a ser porque Carlos Ortega aplicó toda su picardía para robar balones en el extremo, viajaríamos a Lisboa maldiciendo tanto infortunio; de no ser por algunas intervenciones gloriosas de Hombrados, otra vez estaríamos con el pañuelo mojado de una noche sin sueño.
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Islandia es una selección orgullosa y con carácter, que se mantuvo viva los sesenta minutos. De la calidad de Stefansson, un lateral derecho de una tremenda movilidad, y los suyos da fe el partido: se quedaron en inferioridad, con dos menos, en un momento que parecía trascendental: 24-22. Pues bien, empataron el choque: 24-24. Esa fue la única pega que hay que ponerle a España, que por momentos pecase de ansiedad, como si tuviese miedo.
Pero se entró en la recta final con tres goles de ventaja. Ni la ansiedad podía robarle el partido a esta generación de veteranos que necesitaban llegar a Lisboa a luchar por las medallas, y de paso con el objetivo cumplido del pasaporte olímpico.
