Lunes de derby en la sentina del Camp Nou
¡Quién nos lo iba a decir! Pero ahí estábamos, Tomás Guasch y yo, a eso del mediodía de ayer, visitando en sancta sanctórum de Van Gaal. Un lunes de semana de derby, un Camp Nou silencioso, con casi todos los jugadores de viaje con sus selecciones, o de día libre. Sólo algunos, los que casi nunca juegan, en jornada de trabajo. Y allí estaba Van Gaal, en un despacho sin ventanas, solo, sin sus colaboradores, sin sus jugadores, dándole vueltas a lo que fue y a lo que será. Lo que fue es el partido de Riazor, convenientemente empaquetado en vídeo. Lo que será es el derby.
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Interrumpió su trabajo para guiarnos en una visita de cortesía, mitad turística, mitad futbolera. En sus explicaciones latía una mitad de orgullo un puntín ególatra ("Hasta que yo vine no había esto") y otra mitad de devoción por la historia del Barça ("Vea, en cada taquilla están los nombres de todos los que lo utilizaron antes"). Y efectivamente, ahí aparecían desde Ramallets hasta Fernando. Todo explicado con su español de acento traumático, que suena a piedras trituradas y que sugiere terquedad pero también una sinceridad descarnada.
Charlamos un rato sobre las discrepancias entre ambas partes. No disimuló su antipatía por la línea de AS ni por algunas de sus informaciones, que tachó de invenciones. Estoy convencido de que no sabe mentir ni disimular. Ni sabe ni lo pretende. Estoy tan convencido de eso como de que está muy equivocado en bastantes cuestiones de grueso calibre. Pero lo que ya nunca podré negarle es su puntito de liberalidad, escondido bajo la coraza borde en la que se camufla. Quizá quiere hacerse comprender y no sabe cómo. Quizá quiere hacerse querer y no sabe cómo.
