El rey del empate
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Empatar parece nuestro sino esta insípida temporada. Ni perdemos, ni tampoco ganamos. No defraudamos, pero desde luego tampoco entusiasmamos absolutamente a nadie. Pocas cosas hay tan tristes como ese insalubre empate que no sabe a nada, que te deja en un estado emocional plano y que siempre invita a la indiferencia, pues en lo futbolístico suele ir acompañado de mal juego y de ineficacia además de tener las connotaciones propias del que desdeña de la ambición de victoria.
Empatar es vivir a medias, sentir sólo lo suficiente. Es lo anodino, lo superficial, hasta me atrevería a decir lo más vulgar. Es la negación de las sensaciones que propician los estados extremos, las que acompañan los éxitos o los fracasos teñidos de derrota. No padecemos ni para bien, ni para mal. Ni frío, ni calor, como este otoño en el que se adivinan ya las heladas, pero en el que las temperaturas agradables no terminan de abandonarnos, los constantes empates están consiguiendo provocarme el aburrimiento, la desidia y la desazón. Estamos acostumbrados a otro tipo de emociones muy distintas, por eso el empate permanente, ese goteo insulso de puntos cada fin de semana no nos puede resultar nunca mínimamente satisfactorio. Preferimos las agónicas victorias, hasta las épicas derrotas, pero este tránsito por la nada es agotador.