Bajo el síndrome de los Ferraris
Vuelve Benito Floro al Santiago Bernabéu, y con su regreso todos recordamos aquella descomunal bronca que montó en Lleida. Canal + grabó entonces aquellos gritos. A media tarde del lunes, antes incluso de la emisión del reportaje, la directiva echó a Floro. Los jugadores presionaron para ello. Vuelve Floro y vuelve en días en los que de nuevo se culpa a la plantilla madridista de indolencia. Es curioso cómo cíclicamente se posa en el Real Madrid ese espíritu de complacencia que reflejó mejor que nadie aquella fugaz Quinta de los Ferrari.
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Valdano lo explicaba bien ayer en una tertulia de Antena 3. Para todos los equipos, jugar contra el Madrid supone transportarse a un estado de euforia. Pero la euforia es un estado excepcional y el Madrid no puede estar en ese grado máximo de motivación cada día y en cada encuentro que disputa. Cierto. Pero no puede evitar que con los jugadores que ha reunido nadie admita que puedan perder un solo partido. El aficionado no admite que ese desfase en motivación sea superior al desfase en sentido inverso de calidad que existe entre unos y otros.
Algunos culpan al entrenador. Sobre todo quienes sienten cierta pulsión autoritaria. Piden que haya más percusión y menos persuasión. Prefieren un míster látigo. Pero la experiencia no avala que con este tipo de entrenadores se resuelvan los problemas y no pasen estas cosas. También pasan, en un escenario de broncas, castigos a los jugadores más técnicos y descrédito general. Yo creo más en la persuasión, en apelar a la conciencia del profesional, a su orgullo. En apelar al respeto de unos por los otros y de todos para con el fútbol y para con el público.
