Entrenadores: nunca matéis al bueno
Atacaba el Valencia una y otra vez, diez contra once. Era una imagen hermosa. Una romántica lucha contra lo imposible. El Depor tenía tres goles más, un jugador más, tenía hasta más poder futbolístico. Pero el fútbol es ilusión, y esa ilusión la sostienen los imposibles, que tantas veces han ocurrido. Esta vez el asalto imposible lo lideraba Vicente, Vicentín. Hacía de extremo, de interior y de delantero centro. Hacía lo suyo, lo del Kily, que no estaba, lo de Aimar, que se precipitaba, lo de Rufete, que no salió hasta muy tarde, lo de Salva, que se dislocaba...
Noticias relacionadas
Y de repente Benítez lo cambió por Carboni. Me recordó la final de la Copa de la UEFA, cuando Mané cambió a Javi Moreno, que tenía achicado al Liverpool. Triste papelón el del entrenador que cree que maneja algo desde su pizarrín. En realidad maneja, como mucho, un dos por ciento. Poca cosa en ese mundo tormentoso de egos, golpes, dolores, chambas, lluvias, malos botes, balonazos al palo, talentos contrapuestos, paradas imposibles, remates claros al limbo, goles con la espinilla, dolores de hígado de tal linier o despistes de cual árbitro...
Frente a todo eso hay entrenadores que defienden patéticamente su dos por ciento fingiendo racionalizar esa locura. Y en aras de esa impostura matan al chico en plena película. A Vicentín, a Javi Moreno, al que sea. A nadie en Hollywood se le ocurriría semejante cosa. Si Fred Zinnemann hubiera matado a Gary Cooper en los dos tercios del desarrollo de Solo Ante el Peligro nadie recordaría esa película. Muchos entrenadores deberían meditar sobre esto. Lo que saca a la gente de casa son determinados jugadores, no la improbable utilidad de un cambio nefando.
