La antepenúltima jaimitada de Blatter
Sigo con mi encuentro con los árbitros en Santander. En algunas cosas estuvimos de acuerdo, y una de ellas fue que la propuesta de Blatter de reintroducir el juez de gol es absurda. Esa figura existía cuando las redes eran defectuosas o inexistentes y los públicos respetuosos. Aparecen en fotos de los años de Zamora, sentados en una silla de tijera, junto a la portería. Sólo eran consultados en casos raros de goles fantasmas. Desempolvar esa figura son ganas de disimular la realidad corrupta que llevó a Corea hasta las alturas que la llevó, para desgracia de Italia y nuestra.
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Precisamente uno de los problemas del arbitraje de hoy es el entrometimiento excesivo de los liniers, a los que de manera equivocada se han dado atribuciones que antes no tenían, y de los cuartos árbitros, cuya función es directamente eliminable. El linier que avisa de lo superfluo o mete al árbitro en su peleílla menor con el masajista de tal equipo, o el cuarto árbitro que saca de quicio a tal entrenador porque se mueve, no hacen más que alterar al árbitro, que bastante difícil lo tiene. Sólo faltan dos más, uno en cada portería, con su pleito, sus manías y sus ganas de hacer algo.
El ideal es el contrario. Un árbitro único e indiscutible, con dos liniers cuyas indicaciones no son vinculantes. Un hombre que no comparte su autoridad, absoluta e inatacable, y que por eso mismo no debe gastar energías en aparentar más de lo que es, porque ya es lo máximo. Que no se implica, que no se enfada, que no ofende ni se ofende. Que no necesita consejos porque en el peor de los casos ya sabrá equivocarse solo. Que lo que necesita es la tranquilidad de decidir por sí mismo, sin una nubecilla de consejeros entre los que se filtra con facilidad el vicio del protagonismo.
