Una inmersión en el arbitraje español
El lunes acudí a Santander, atendiendo a una invitación del Comité Técnico de Árbitros para dar una charla en el último día de las jornadas arbitrales, de las que les hemos venido dando puntual información. Me invitaron, y así me lo dijeron, porque me tienen por particularmente crítico con el arbitraje español. Para escuchar mis criterios y también, como discretamente me hicieron saber de antemano, para decirme a la cara lo que pensaban de mis escritos. No me hubiera parecido correcto rechazar la invitación. Lo que se escribe se debe defender en cualquier foro.
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Y me encontré con un auditorio tenso (oí algún pitido al entrar en la sala) pero correcto, que escuchó pacientemente mi parlamento. Lo que dije es lo mismo que vengo diciendo en mis columnas, sin rehuir bastantes casos concretos que atañían a varios de los que estaban en la sala. Luego tuve que escuchar lo mío. Quejas amargas y sinceras por parte de hombres que han sentido maltratado su oficio en mis columnas. Que me acusaron de desconsiderado y de injusto. Tras cada queja, un aplauso cerrado. Y después mi respuesta, de nuevo escuchada con respeto.
Al final creí oír algunas palmas, sin entusiasmo, pero corteses. Los tres que me habían interpelado con dureza fueron los primeros que se acercaron a estrecharme la mano. Regresé con la impresión de haber estado ante un grupo que trabaja seriamente, conducido por líderes muy respetados (Acevedo, Sánchez Arminio, Díaz Vega), que sabe qué cosas son mejorables y que no niega la mano ni a quien entiende que le ha dañado seriamente. Así que hoy no sería sincero si no dijera que regresé mejor predispuesto hacia ellos de lo que había ido. Y que me alegré de haber ido.
