La picaresca ha vuelto

Lo que faltaba. Éramos pocos y parió la burra. Después de que el Giro acabara con más expulsados que un partido arbitrado por López Nieto, el Tour nos había traído frescura, serenidad, limpieza, esperanza... Demasiado bonito para ser verdad. Edita, la mujer de Rumsas, fue cazada por la policía con un arsenal de dopantes.
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Todo esto no nos suena a nuevo. El dopaje organizado y tácitamente aceptado de la pasada década ha dado paso a algo mucho más peligroso. O mucho me equivoco, o el ciclista (no todos, claro) ha vuelto a la picaresca y la triquiñuela. No es la primera vez que la policía detecta productos dopantes en el vehículo de un familiar. Uno de los desencadenantes de los registros de San Remo, en el Giro 2001, fue que la caravana de los suegros de Ivan Gotti, con la que seguían la ronda, era una farmacia ambulante.
La mayoría de los equipos (en España hay al menos tres) hace firmar cláusulas a sus ciclistas con el siguiente compromiso: "Tú tienes el médico que quieras, pero sí sufres algún problema, nos lavamos las manos". Una situación que está derivando en dos cosas. Por un lado, ciertos médicos han formado sus empresas y se están forrando llevando a ciclistas que incluso son rivales entre sí. Y, peor aún, también ha vuelto el autodóping y el boca a boca.