Armstrong entra triunfante en París
Empezamos este Tour soñando con que Armstrong iniciara un cierto declive que abriera la carrera a otros y lo terminamos aplaudiendo de nuevo al más grande, que quizá haya bajado un poco, pero tan poco que sigue resultando intratable. Una vez más ha sido tan grande que puede repetir aquello de "después de mí, nadie". ¿Y después de nadie? Pues después de nadie, Beloki, que de tercero pasa a segundo. Está muy bien ser segundo en el Tour, pero nada podrá impedir la frustración de sentir que si no llega a ser por Armstrong él y el ciclismo español arrasarían.
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Pero así es y así hay que aceptarlo. Algunos empiezan a preocuparse ante la inminencia de que Armstrong pueda igualar en un año el récord de cinco Tours seguidos de Indurain, e incluso mejorarlo un año después. Pero si así sucede no habrá que lamentarlo, sino aplaudirle, y pensar que en el olimpo hay sitio para varios dioses, y que ninguno de los que lo alcanzan son arrojados de él. Indurain queda allí por los siglos de los siglos, como lo están Coppi, Anquetil, Merckx, Hinault y los que vengan, entre los que ya hay que contar con este texano rescatado del cáncer.
Lo único que sí lamento es que no se le haya dado más guerra. Eso sí lo hubiera esperado. Escapadas largas, un poco locas, como esas de Jalabert en los Pirineos, pero con más gente, con nuestra gente, moviendo el árbol con energía para ver qué cae. Pero, como bien escribió Trueba anteayer, el pinganillo coarta a los ciclistas. Los directores de equipo se suman al estilo Saiz, amarrete y cultivador de premios menores. De antemano le concedieron a Armstrong los laureles y se enfangaron en una guerra por los perejiles, que ya se sabe que no es guerra de héroes.
