"Ayer me separé por primera vez de Óscar"


¡Qué cerquita tuvo la etapa!
Sí, ¡qué pena! Cuando ves la meta tan cerca, luego te llevas una gran desilusión. La caída de Freire, por desgracia para él, me dio la libertad para buscar el triunfo. Ataqué en buen momento, pero no sabía que el final también picaba para arriba. A falta de cien metros se me han bloqueado las piernas y no he podido evitar que McGee me superara.
Freire y usted son como hermanos siameses en este Tour.
Ayer en la caída me separé por primera vez de Freire. No le esperé, porque tan cerca de la meta no tenía sentido. Es verdad que siempre estamos juntos en carrera, en la habitación... Hemos tenido trayectorias paralelas y somos muy amigos.
¿Cómo surgió su relación?
En aficionados éramos rivales. Por ejemplo, en un Memorial Valenciaga, la carrera amateur más importante, Freire quedó primero y yo segundo. Luego, los dos pasamos el mismo año a profesionales con el Vitalicio. Y empezó la amistad.
¿Cómo es Óscar en la habitación?
No habla mucho de ciclismo y eso nos sirve para desconectar. Como somos buenos amigos, podemos conversar de muchos temas y apoyarnos en asuntos personales. También tiene un punto de despistado, lo olvida todo, pero en lo importante nunca le pillas en un renuncio.
¿La pasión por las clásicas también fueron un punto de unión?
Sí. Yo siempre cuento la misma anécdota. Cuando Javier Mínguez estaba programando la temporada 98, preguntó que quién quería correr las clásicas de la Copa del Mundo. Freire y yo, que éramos nuevos, levantamos la mano. Los veteranos nos miraron como si estuviéramos locos.
Es que ustedes dos ha acabado con el prototipo español. Ver en el Tour a Horrillo de lanzador y a Freire de sprinter, se entiende en nuestro país como ciclismo de otra galaxia.
Freire ya rompió todos los esquemas cuando ganó su primer Mundial y empezó a hablar de que le gustaban las clásicas. Yo estoy siguiendo el mismo camino, porque también soy un amante de esas carreras.
¿Cómo se lanza a un velocista en un sprint del Tour?
Freire me tiene siempre a su lado. A cincuenta kilómetros o así, ya pasamos delante. Yo me encargo de taparle el viento para que él se desgaste lo menos posible. En la parte final, le voy abriendo paso para pasarle a las primeras posiciones.
Cuando corrían en el Vitalicio, no les dejaban hacer estas cosas.
Claro. A mí me respetan en este Tour, porque cuando voy pasando saben que soy el lanzador del campeón del mundo. En los primeros años no nos respetaban a ninguno. Además, ahora tenemos más experiencia. Hemos corrido clásicas, carreras en Bélgica... Eso enseña.
¿A usted le gusta flagelarse con el ciclismo o es masoquista?
¿A mí? ¿Por qué?
Tras terminar la París-Roubaix de este año hecho un Cristo, dijo que había disfrutado como nunca.
Me caí tres veces y pinché otras tantas. No sé... Es difícil de explicar, es como estar enamorado. Todos los ciclistas somos masoquistas, porque nos gusta llegar al límite. Y la París-Roubaix lleva tu cuerpo al máximo. Cuando pasas un tramo de pavés, crees que no serás capaz de superar otro, pero lo haces. Acabar ya es una meta en sí y sientes una gran satisfacción personal.
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¿Puede ganar la París-Roubaix?
¿Por qué no? En esta clásica cuenta mucho la experiencia y normalmente gana gente con más de treinta años. Tengo tiempo.