Yo digo Alfredo Relaño

Una final preciosa, después de todo

Alfredo Relaño
Importado de Hercules
Actualizado a

Es un partido fenomenal: Alemania-Brasil. Dos clásicos que nunca se habían enfrentado en la Copa del Mundo. Dos estilos antagónicos. En boxeo diríamos duro fajador contra fino estilista. Representan dos escuelas que juntas abarcan todo el fútbol. Este deporte lo inventaron los ingleses con una idea inicial que resulta lo más parecido a lo que hoy hace Alemania: pierna fuerte, salto atlético, carrera rápida, choque, músculo contra músculo, confrontación de energías. Pero cuando saltó el Atlántico las sociedades criollas y mestizas de allá le encontraron otra gracia.

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Hicieron del fútbol un juego de habilidad, amago, engaño, complicidad, picardía... Fue una propuesta que Europa conoció a través de la sensacional selección uruguaya que ganó los JJ OO de 1924, en París, y 1928 en Amsterdam, pero que luego Brasil ha mejorado continuamente produciendo una tras otra generaciones de jugadores que nos han enamorado a todos. Yo me hice de Brasil por Garrincha y Pelé. Mi hijo lo es por Roberto Carlos, Rivaldo, Ronaldo y Ronaldinho. Y por en medio quedan Sócrates, Zico, Junior y demás gloriosos caídos de España-82.

A un amigo muy esteta le suelo escandalizar diciéndole que jugar bien al fútbol es el recurso de los que no pueden ganar por las buenas. Que cuando se es más alto, más fuerte, más rápido y con pegada más larga no hace falta jugar al fútbol, porque eso basta para ganar. Eso es lo de Alemania. Pero se lo digo para escandalizarle. Mi deseo íntimo es que el talento pueda sobre el físico y que el equipo grande, saludable y rápido se acabe inclinando ante el que mejor juega al fútbol. Que en este caso además es el de las garotas, el de Garrincha, el de Sócrates, el de Ronaldinho...

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