Esta final nos correspondía a nosotros
Me senté ante la tele para ver si realmente Corea era un equipo goleable al que deberíamos haber vencido por encima de la perfidia de Al Gandhour y su cuadrilla. Ocupaba nuestro puesto ante Alemania, ese viejo mito que saca resultados en cualquier circunstancia, bajo cualquier sol. Y no. Tampoco la goleó. Pasó las de Caín, cazó su golito bastante cerca del final en el único despiste de la defensa coreana que se recuerda en el campeonato y se metió en la final. Gracias en parte a Kahn, que estuvo magnífico en los malos momentos. Y gracias a un arbitraje correcto.
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En realidad un buen arbitraje es cosa que no habría que agradecer, sino un derecho natural. Pero con lo ocurrido en torno a Corea, que ha recibido notables favores ante Estados Unidos, Portugal, Italia y España, la sobria imparcialidad de Urs Meier se agradece. Por otra parte, era de esperar. Alemania es Adidas, veteranísima y poderosísima partenaire de la FIFA, de modo que pocas bromas. Total, que adiós a Corea y al pestilente aroma de corrupción que acompaña a Chung-Moong-Yong, puedelotodo de la Hyundai, del fútbol coreano y, hasta ayer, de la prostituida FIFA.
Así que Alemania a la final. Y viendo el partido me imaginé a España ahí, en la pantalla catódica, y en nada la vi inferior a esa selección alemana, la peor que he visto. Salud, centímetros, disciplina y cero en fútbol. Nada de goleada a los coreanos, insisto para despistados. A ese equipo le hubiéramos ganado, pienso. O al menos nos hubiera servido como piedra de toque para saber de verdad qué teníamos y qué nos faltaba, para corroborar o desmentir críticas construidas en el aire. Pero esa posibilidad nos la ha negado la corrupción del sistema. Ninguna otra cosa.
