El mal sabor que dejaron los ultras
Han pasado dos días y medio del partido Madrid-Barça y Antonio Giménez, fotógrafo de El Periódico (compañero personal en andanzas de infantería, tiempo atrás) aún no puede reintegrarse al trabajo. La paliza de los ultras le va a tener parado algún tiempo. Jesús Aguilera y Tomás Roncero, firmas de este periódico, también cobraron, pero menos. Para ellos, como para algunos otros colegas, quedan los huesos íntegros, pero también queda el susto, el quebranto moral, la sensación de que acercarse al Bernabéu para informar de un partido puede ser algo peligroso.
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Los Ultrasur van camino de ser la única nota mala de la gestión de Florentino y su equipo. Pero es que es una nota muy mala. Se les permitió bajar del tercer anfiteatro, donde les había confinado Lorenzo Sanz, para recuperar su espacio preferido, en el fondo sur, abajo. Se habla con ellos, se negocia, se les presta, de forma más o menos imprecisa o voluntaria, el club como referente de cohesión. Se les tiene en cuenta, se les da bola, se les hace sentir un cuerpo más del club. Molestan a los fotógrafos en los partidos y no se les cohibe en esa actitud. Se mira a otro lado.
En esa actitud, que no es exclusiva del Madrid sino común a todos los clubes, hay un poco de frivolidad y otro poco de cobardía moral. Se piensa que sus humos, sus banderas y sus cánticos animan el espectáculo y favorecen al equipo. Se piensa que teniéndoles más cerca se les puede controlar. Se piensa, pero no se dice, que pasándoles la mano por el lomo se ahorra uno molestias, aunque sea a costa de incrementar las que puedan sufrir periodistas o negros que transiten cerca del Bernabéu. Y al fin y al cabo, dicen, ¿qué puede hacer el Madrid si eso pasa en la calle?
