Sensación de anticlímax en las vísperas
Quizá los jugadores del Madrid no sean conscientes de esto que voy a escribir, porque viven (no tienen más remedio, es la verdad) un poquito aislados: un buen coche, un teléfono portátil como escudo y pocas y muy escogidas compañías. Quizá, decía, no sean conscientes de ello, pero han provocado en la afición madridista un anticlímax brutal en vísperas de las fechas más importantes de la temporada. Lo de Anoeta fue más que una derrota: fue una dimisión. Fue un alarde de desinterés que ha distanciado a la afición del equipo justo cuando más se necesitan.
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Desde la escandalosa pasividad de Figo hasta el despiste imperdonable de Helguera en el penalti, casi todo lo que el Madrid ofreció en Anoeta fue dejadez y desgana. Se salvaron Míchel Salgado, infatigable, y Raúl, que nunca baja la bandera. El resto se dejó ir dulcemente en manos de la Real, cuyos goles retumbaban en Mestalla con estruendo y provocaban la colosal reacción del Valencia que, con diez durante una hora, doblegó al Espanyol a base de fútbol, entrega e interés, y se colocó más cerca del título de lo que ha estado nunca en los últimos treinta años.
El Madrid ha arrastrado durante toda la temporada un vicio en el diseño de la plantilla: titulares muy claros, suplentes muy claros. Muy seguros los primeros, muy cómodos los segundos, entre los que sólo Solari se ha rebelado. Falta de competencia interior en el grupo, que además ha hecho piña para defenderse de las intrusiones de la cantera. Un grupo comodón en las ocasiones poco lucidas, como son las engorrosas salidas de la monótona Liga, de las que ya han perdido nueve. Y ahora dependen de un azaroso éxito en Glasgow y tienen a la gente quemadísima.
