El Atlético subió a su manera, pero subió
Por fin subió el Atlético. A su manera, pero subió. No el sábado, a estadio lleno, televisado para casi toda España y con Neptuno preparado para lo que hubiera menester, sino el domingo, a su bola, cuando ya se daba el festejo por aplazado hasta el partido de Oviedo, reservado por Canal +. El Atlético es como mi niña (cuatro añitos y todo un carácter) a la que más vale no presionarla. Acaba haciendo las cosas, pero cuando quiere. La leche del desayuno se la toma en la merienda. El pediatra encuentra eso fatal, pero el aspecto de la niña es saludable.
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Así ha subido el Atlético, a su manera, dejando la leche del desayuno para la merienda, cuando ya nadie le metía bulla. Asciende por equipo interpuesto, como aquellos que se casaban por poderes tiempo atrás. Asciende en Huelva, que no es cualquier sitio. De allí partió Colón hacia América y por ahí entró el fútbol en nuestra tierra. Asciende compartiendo su felicidad con un equipo amigo, el Leganés, puro cinturón Sur de Madrid. Gente muy atlética. Hace un año vivieron el disgusto de ver cómo se les escapaba el Tenerife. Ahora se han repuesto.
La función social del Atlético es repartir a partes iguales alegrías y desconcierto. Este año parecía estar faltando a lo segundo porque su marcha imperial a lo largo de todo el año le había convertido en un equipo regular, capaz de imponer con toda lógica su poder superior en una categoría que no es la suya. Pero no ha podido resistirse, sacó del fondo del armario su espíritu revoltoso, sesteó durante dos meses de competición para hacer dudar a todo el mundo y al final se ha anotado el ascenso con una voltereta juguetona muy suya. Genio y figura...
