Rivaldo y la perversidad del fútbol
He ahí un hombre en el que se concitan todas las aberraciones que provoca el ritmo trepidante del fútbol de hoy. Muchos partidos, muchos viajes, muchas patadas. Mucho dinero a cambio. Pero cada vez menos posibilidades de mostrar su talento, contra el que conspira todo. Quizá incluso él mismo. Por un lado, tira de él el intenso calendario del fútbol profesional, que hace que su club juegue muchísimos partidos. Por otro lado, le arrastra el calendario internacional, infladísimo en los últimos años, por nuevos compromisos publicitarios y televisivos.
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A eso se suma la negligencia de los árbitros a la hora de proteger el buen juego del acoso de los abruptos cazadores de tobillos y rodillas que pululan por todas partes. A Rivaldo le golpean en todos los campos sin que los árbitros se alteren por ello. Hace poco vimos cómo Cáceres le utilizó de felpudo en Vigo sin sufrir reproche por ello. Y luego están los médicos, o al menos algunos de ellos, que parecen tratar a los futbolistas como hacían los veterinarios con los caballos de las corridas antes de que existieran los petos: les metían las tripas, les cosían un poco y otra vez a la plaza.
Y él mismo. Con tal de que no esté mal visto que juegue con Brasil, finge estar mejor de lo que está para jugar con el Barça. Y entre una cosa y otra se va machacando. Su imagen en los últimos minutos de Vigo, cojeando lastimosamente, es la imagen máxima de las consecuencias a las que la sobreexplotación de su talento está llevando a unos y a otros. La imagen movía a la piedad y a la reflexión. ¡Y aún así marcó un gol! Eso confirma hasta qué punto ha nacido para el fútbol. Pero a veces pienso cuánto buen Rivaldo nos estamos perdiendo entre unos y otros por esta locura.
