Kon-Tiki
Ha muerto Thor Heyerdahl. Me temo que a los más jóvenes este nombre no les diga nada, y esto es incluso más triste que la propia desaparición del hombre que escribió algunas páginas memorables de la Aventura en el siglo XX. Me cuentan que apenas ha merecido unas cuantas notas necrológicas. En otros su memoria seguirá viviendo. Porque toda la vida de Heyerdahl, hasta su mismo final, ha sido una aventura llena de talento, curiosidad y perseverancia. Nació en Noruega en 1914 y allí estudió zoología y geografía. En 1936 se fue a vivir con su esposa un año al archipiélago de las Marquesas, en pleno Pacífico. Allí comenzó a interesarse por la manera en la que el ser humano logró poblar las islas que forman la Polinesia.
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La Segunda Guerra Mundial le impulsó a regresar a su país donde luchó como paracaidista contra el invasor nazi y fue condecorado. Una Europa devastada y necesitada de ilusiones, quedó fascinada por su más grande aventura: la Kon-Tiki. Convencido de que aborígenes de América del Sur habían llegado a Polinesia cruzando el Pacífico, se dispuso a demostrarlo realizando él mismo ese viaje increíble con los mismos medios que podían tener a su disposición aquellos primitivos colonizadores. En 1947 partió desde la costa peruana a bordo de una balsa de totora, un junco flexible y resistente con el que los indios que viven junto al lago Titicaca fabrican sus embarcaciones, a la que bautizó como Kon-Tiki, un legendario dios inca. Durante 101 días recorrió más de 6.000 km junto a cinco compañeros hasta pisar tierra al este de Tahití. El libro en el que contaba su experiencia se convirtió en un éxito de ventas a nivel mundial. También el documental que realizó sobre su aventura mereció el reconocimiento y recibió el Óscar de Hollywood en 1951.
Thor era un aventurero en el más noble sentido de la palabra y lo que le mantenía vivo era la curiosidad. En los años posteriores organizó otras grandes expediciones como la que protagonizó a bordo del Ra, un barco de papiro construido como lo pudieron hacer los antiguos egipcios. Con él quiso cruzar el Atlántico y así demostrar que muy bien pudieron ser ellos quienes mostrasen a las culturas americanas cómo construir pirámides o momificar a sus muertos. La comunidad científica ha discutido las atrevidas teorías de Heyerdahl pero lo que nadie ha podido escatimar a este hombre excepcional es su talante y su honestidad. Un hombre que bien merece el epitafio del verso del Ulises de Tennyson, que cubrió la tumba de Scott en el Polo Sur y que bien puede simbolizar la esencia de la aventura: "Buscar, luchar, encontrar y no rendirse jamás".