Aborrecer el delito, compadecer al delincuente
Gil está otra vez en la cárcel. El caso que ha llevado al juez a dictar contra él orden de internamiento e incomunicación durante 72 horas no tiene nada que ver con el fútbol. Está acusado de crear una trama de empresas fantasmas que habrían realizado facturaciones falsas al Ayuntamiento de Marbella por un valor total de 27 millones de euros, algo más de 4.400 millones de pesetas. Un dinero que el ayuntamiento habría pagado a esas empresas por servicios inexistentes. Un dinero, que en definitiva, habría ido a parar finalmente a su bolsillo, o a sus empresas.
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No sería noticia de un periódico deportivo a no ser porque se trata de alguien que además de (y antes de) ser alcalde de Marbella es presidente y propietario del Atlético de Madrid, el tercer club de fútbol de este país, con decenas de millares de socios y más de un millón de simpatizantes. Ellos están inquietos por la repercusión que las peripecias judiciales de Gil puedan tener para su club. Y más ante la inminencia de un nuevo juicio, en el que se ventilará si de verdad Gil es propietario legítimo del Atlético o si se hizo con la mayoría de acciones mediante una artimaña.
El Atlético no es Gil ni la familia Gil. Ni depende tan vitalmente de ellos como de su masa de socios y simpatizantes. Ese depósito colectivo de afecto es el Atlético. Los presidentes, incluso los propietarios de los clubes, ahora que los hay, no son más que pasajeros en la larga historia de los mismos. Por lo demás, cabe recordar también que afortunadamente vivimos en un país garantista. Que si Gil no es culpable, se aclarará. Y si lo es, deberá pagar por ello. Y a sus amigos y a los seguidores del club no les quedará sino aborrecer el delito y compadecer al delincuente.
