Hace 42 años que no teníamos esto
Toda una generación nunca ha visto al Madrid y al Barça enfrentarse en la Copa de Europa. Yo mismo, que he pasado los cincuenta (por poquito, pero...) apenas lo recuerdo. Entonces no había televisión en las casas y hasta la pubertad el fútbol era una cosa de mayores, un arcano inexplicable que hacía subir de tono las conversaciones sin que supieras bien la causa. También era un cola en el NO-DO, pero eso para un niño de nueve años como yo no pasaba de ser un preámbulo obligado y pelmazo de la sesión doble de vaqueros y piratas en el cine de barrio y pipas.
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Y es que hace 42 años. ¡Cuántos partidos europeos desde entonces! Para el Madrid han acabado por resultar familiares los pleitos con el Benfica, con el Bayern, con el Anderlecht, con el Inter, con el Milán, con el Manchester... El Barça, a su vez, ha ido creando sus propios demonios familiares. Algunos comunes, como el Benfica o el Milán. Otros exclusivos del imaginario culé, como el Steaua. La mayoría, dicho sea de paso, fantasmas de una sola noche, porque el Barça no ha tenido una presencia tan insistente ni tan productiva en la Copa de Europa como el Madrid.
El caso es que ahora estamos ante algo de verdad excepcional. Algo que sólo ocurre de generación en generación. Algo que temen ambos, pero que en su interior también desean. Algo que afrontan con el temor y la ansiedad del que se ve ante un fracaso o un éxito de dimensión única. Nada tan duro como la caída ante el rival más directo y más detestado. Pero tampoco nada como la gloria de meterse en la final de la Copa de Europa sobre las cenizas de ese enemigo único. Que renacerá de la derrota, sí, pero señalado. Y por mucho tiempo. Quizás, por una generación.
