Pasión por la vida, pasión por el fútbol
Me llamaron hace un par de meses del Ayuntamiento de Fuengirola: "Va a hacer diez años de la muerte de Juanito. ¿Querría usted venir aquí a hablar sobre él?" Dije que sí, claro. Pensé para mí: será una forma de sentirme otra vez cerca de él, de su mundo, de su gente, de su forma de sentir, de su forma de hablar. (Anteanoche oí a uno de sus hijos en El Larguero y me sonó como él). Diez años ya y le seguimos echando en falta como el primer día. Yo por lo menos. Su muerte intempestiva me dejó atónito. Y eso que nunca le traté mucho. Pero le tuve devoción.
Noticias relacionadas
Se la tuve por su temperamento artístico, que se traslucía en su juego. Por la pasión con que se entregaba a todo. Por su facilidad para pecar y también para arrepentirse, por su incapacidad para fingir. Juanito, hombre bueno, no sabía disimular. No sabía porque nunca pretendió aprender a hacerlo. Actuaba espontáneamente, a veces explosivamente, y si veía que había hecho algún mal se arrepentía de inmediato y así lo expresaba, sin soberbia, sin dobleces. Un día me dijo Valdano: "Todo lo malo que ha hecho cabe en un minuto. El resto de su vida es ejemplar."
Y por todos sus errores supo pedir perdón, podríamos añadir. Ya no queda apenas gente así, con ese torrente de sinceridad corriéndole por la sangre. Y también le recuerdo generoso hasta el derroche. Ningún tipo de egoísmo iba con él. Como los grandes toreros del periodo clásico (él fue un torero disfrazado de futbolista) la fortuna se le escapó por los agujeros de los bolsillos, porque él siempre pensó que lo suyo era de todos, del público, de la afición, de los amigos. Por eso tras su marcha no dejó bienes materiales. Pero les dejó un capital inagotable de cariño público.
