La enseñanza principal del Depor
Lendoiro puede respirar feliz. Este Depor hace mucho que dejó de ser un equipo revelación. Este Depor ya es un grande. Y además, ahora es más querido que nunca. Cuando apareció en el primer plano, su imagen venía lastrada por dos razones. Una, que se pensaba que sería poco más que flor de un día; se le concedía un gran mérito, pero no se confiaba en que durara. Otra, que estaba lleno de extranjeros; participó hasta el exceso de la moda de fichajes externos masivos que se desencadenó como consecuencia de la célebre Sentencia Bosman.
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Bueno, pues ya no es así. Ni una cosa ni otra. No es flor de un día. Lleva años compitiendo entre los grandes, tiene una Liga y dos Copas y lo último ha sido irrepetible: tocarle las barbas al veneradísimo Madrid del Centenario en su propia casa. Una victoria grande, labrada con el mejor fútbol posible y celebrada con grandeza, sin desprecio ni burla, incluso con cierta compasión por el vencido. Y ya no es una legión extranjera. Ahora este equipo es uno de los principales viveros de la Selección española, lleno de jugadores internacionales o que pueden serlo en breve.
El mérito de Lendoiro es colosal. Convirtió un equipo ascensor primero en un aspirante, luego en un campeón. Cuando vio que el camino de los foráneos no era grato a la gente cambió de rumbo. Es curioso el caso de este hombre, un vocacional de la dirección deportiva. Desde adolescente. Antes del Depor ya hizo un milagro con el Liceo del hockey sobre patines. Sabe algo que otros no saben. Sin duda porque se dedica a esto por pura vocación, en un mundo en el que sus colegas son gente con éxito en otros campos que prueba suerte en el fútbol.
