Morir con César

Allá por el Día de los Enamorados, el Madrid preparaba su asalto al triplete con su joven guardián del calabozo, Iker Casillas. Su equipo sufría serios altibajos en su juego, pero este porterito del sur de Madrid con perfil de Ivanhoe supo dar la cara, los guantes y su indiscutible calidad en la semifinal ante el Athletic y, como ayer recordaba mi tocayo Guasch, en el partido ante el Nàstic. No seré tan ventajista de criticar la titularidad de César ahora que el castillo de naipes del Centenario se me ha derrumbado entre los brazos, pero tengo que proclamar a los cuatro vientos que en los grandes días, en las batallas en las que se decantan las guerras, es éticamente obligatorio morir con las botas puestas de los generales, de los mejores, de los elegidos en su día para llevarte a la gran victoria. Y uno de esos es Iker.
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César empezó la final con una parada meritoria, pero luego quedó claro que hay citas que le vienen grande. César no para lo insalvable, no le detiene dos mano a mano a Batistuta, no le saca a Baraja un golpe franco imposible, no es un hombre de hielo en la conquista de la Octava...
Del Bosque se equivocó en el día más inoportuno... Si has de morir, que sea con tus mejores argumentos. Es como si Florentino hubiese delegado en Fernández Tapias el día que Blatter le hizo entrega al Madrid del trofeo que le acredita como el mejor equipo del siglo. Por cierto, lo es. La debacle no debe oscurecer la grandeza de un club admirable e histórico. El Maracanazo ha vuelto. Me voy a casa. Esto es insoportable.